domingo, 25 de agosto de 2013

Un día antes del primer lunes posvacacional


Acostumbro leer alguna novela policíaca durante las vacaciones, pero por motivos que intento racionalizar, me cuesta leerlas fuera de este período. Me entusiasmaron los clásicos del género, pero una vez revisados, decidí que, salvo excepciones, continuaría sagas de autores policíacos contemporáneos. Prefiero ser distraída, no perturbada. Con estos calores se agradece que el aprendizaje lo resuelvan otros, en este caso, los escritores. Y hay hallazgos maravillosos: gracias a Patricia Cornwell entendí cómo funciona la cadena de ADN, desde su captación y proceso hasta convertirse en una prueba judicial.

Hace pocos días entraron a robar en la oficina donde trabajo. Se llevaron pocas cosas, pero la policía científica llegó a hacer su labor. Emocionada por las novedades, me acerqué a primera hora para observar e incluso atreverme a preguntar alguna obviedad, a sabiendas de que conocía de antemano las respuestas. Diligente, cedí todos mis dedos para el reconocimiento dactilar (creo que esta denominación me la he inventado, pero no es posible asegurarlo) y, feliz, supe por medio de los funcionarios que había dos juegos más de huellas distintos de las mías.

Pero todo ese instrumental científico es apetecible cuando encaja en una novela en la que el desenlace está a la vuelta de las últimas páginas.

A los lectores nadie nos ha dicho que el polvo para captar las huellas lo deja todo perdido, sucio, y que el que se queda, limpia. Tampoco nos dicen que la inmaculada ciencia es una búsqueda que se basa en más posibilidades que en hechos con soluciones.

Para que las soluciones se produzcan están las novelas, así sea en varias entregas. La vida del día a día tiene manchas y hurtos que te dejan sin cosas (sin respuestas) y quizá nunca recuperes ni se conozca demasiado el porqué de tantos desniveles.

Puede que la novela sirva para materializar la esperanza vital. Al menos, en este agosto que se va, ya leí un par de “materializaciones” eficientes, dopantes.

Mañana volvemos. Así que habrá que leer las otras novelas.

domingo, 17 de febrero de 2013

Saber o no saber


No sé si por escapar de la censura de la época, pero Carson McCullers colocó en la voz de un personaje iracundo y, entre loco y perdido por la ebriedad, algunas de las palabras más sabias de El cazador es un corazón solitario. Traje esta obra conmigo y de vez en cuando la reviso, porque aún, afortunadamente para mí, no pierde vigencia o interés, como con tristeza descubro con otros libros que me fascinaron y ahora no me dicen tanto, por no decir que nada.

Pues bien, a falta de mejores ideas propias, suscribo las palabras de Jake, el iracundo y entre loco y perdido por la ebriedad:

…Luchaban para que este pudiera ser un país donde todos los hombres fueran libres e iguales. ¡Ah! Y eso quería decir que todo hombre era igual a los ojos de la Naturaleza: con iguales posibilidades. Esto no quería decir que el veinte por ciento de la gente fuera libre de robar al otro ochenta por ciento restante sus medios de vida. Esto no quería decir que un rico hiciera sudar sangre a otros diez mil pobres para poder enriquecerse más. Esto no quería decir que los tiranos tuvieran libertad de llevar a este país a una situación en la que millones de personas están dispuestas a hacer lo que sea engañar, mentir o lo que sea con tal de trabajar por cuatro cuartos. Han convertido la palabra libertad en una blasfemia. ¿Me oye usted? Han logrado que la palabra libertad apeste como una mofeta para todo aquel que sabe.

Porque este personaje cree que el conocimiento nos hace libres, y cuando habla de los que saben se refiere a aquellos que aprendieron a pensar por sí mismos.

…Volverse loco no sirve de nada. Nada de lo que podamos hacer sirve de nada. Así es como me parece a mí. Todo lo que podemos hacer es ir por ahí diciendo la verdad. Y en cuanto haya bastantes ignorantes que hayan aprendido la verdad entonces ya no tendrá sentido pelear. Lo único que podemos hacer es dejar que sepan. Es todo lo que hace falta. ¿Pero cómo? ¿Eh?

Luego Jake cae al suelo, presa de un ataque etílico, hasta el día siguiente, cuando vuelve a la rutina del trabajo en un parque de atracciones de pueblo, para empujar a la gente, cosa que se le daba bastante bien.

Después de releer los textos caigo en cuenta de que unas palabras dirigidas a los lectores estadounidenses de 1940 tienen absoluta vigencia en los dos países en los que he vivido, tras setenta años, más de dos generaciones incluidas.

Porque los cambios más profundos, esos que originan movilizaciones de pensamiento, son lentísimos, tanto, que a algunos se nos hacen insoportables, soporíferos. 

¿Hay que hacer equipajes y trasladar los libros en cajas nuevas otra vez?

Admiro a los que siguen buscando, a quienes saben que están solos y, pese a ello, esperan hallar a quienes saben o a quienes más saben, y desde ahí… expandirse, transmitir y morir con la misión cumplida.

«¿Pero cómo? ¿Eh?».

domingo, 2 de diciembre de 2012

Amistades de sugus y frunas


Cuando Helena decidió levantarse de su silla y marcharse para siempre de un empleo en el que se sentía fuera de sitio y definitivamente harta, la tercera o cuarta cosa que hizo fue coger su bolsa de sugus y dejármela.

El hecho me conmovió, pues desde hacía pocas semanas, cada vez que me veía agobiada por algún entuerto laboral, ella sacaba un trío de caramelos y me los dejaba sin pestañear.

Y cuando esto ocurría, recordaba a Pili, mi querida Pili, a quien por vez primera, también en la oficina, pero de Caracas, oí hablar de los sugus. Yo no sabía que esa marca respondía a los cuadrados perfectos envueltos en un papel que concentra aromas y sabores artificiales de naranja, fresa o piña, entre otros, que no importa recordar, pues el detalle no está en sus diferencias, sino en el concepto. Pero cuando Pili me regaló sugus de los que había comprado para su nieto, supe de lo que hablábamos.

Surgió así la evocación mediante la delicadeza de las frunas, aquellas frunas, las de forma de ladrillo y delicados colores, también envueltas en un papel encerado blanco, con una cubierta que ahora mismo recuerdo azul y amarilla. Las frunas fueron la golosina de mi temprana infancia y como esta, se esfumaron; sin embargo, de vez en cuando me preguntaba: ¿dónde está?

Así que la generosidad de una amiga y de una compañera de trabajo me devolvieron una textura y un sabor únicos, idealizados como los primeros amores y ahora reaparecidos en mi historia actual, esa que se alimenta de detalles y breves cotidianidades.

La fruna era del tamaño adecuado, por eso, los sugus deben ir de dos en dos o de dos más uno, solo para terminar de morder lo justo y lograr que la pasta se separe de encías y dentadura con la facilidad con la cual solamente puede hacerlo un sugus-fruna. Ahora mismo no quiero saber si hay conservantes y colores artificiales en ellos; o sí… En ese caso, los extinguiría de mi  presente y solo quedarían en la memoria, ejemplificando la consabida frase de que se fue más feliz cuando las reflexiones aún no anidaban en nuestras preguntas.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Sobre algunos «ismos»


Hay algunos «ismos» que inquietan. Los nacionalismos, cualesquiera que sean (de regiones o países), son avasalladores y calan en mentes agobiadas, que se someten a ideas, o al menos a una, para dejar de pensar en sus rutinas y rendirse a los pensamientos de otros.

Por eso, en los pueblos son tan bien recibidos. Cada vez que aparece un «Yo soy español, español, español…», «Venezuela es lo mejor», «Galicia para los gallegos», las sonrisas desaparecen, las simpatías se aquietan, los temores salen a flote. Y en ocasiones, cuando las emociones se enardecen, es preferible huir, apartarse de esas manifestaciones, no vaya a ser que se produzcan arrollamientos, expresiones fuera de lugar, esas cosas que nunca deben decirse y que se dicen, y tanto.

Esta mañana, frente al amanecer en la playa, un cerebro pensó que en cada sitio se vería de una manera diferente, pero que se trata del mismo sol, y de distintas perspectivas que, unidas, como si de una pantalla de 360 grados se tratara, constituiría una visión completa y perfecta que solo se puede perfeccionar y completar en la mente de cada ser que en ese momento u ocho horas antes/después estuviera apreciando el amanecer desde cualquier punto del Mundo.

La educación es el único instrumento que permite completar la perspectiva. Y una  educación en y para la diversidad debería ser la obsesión de todos los gobiernos, de todos los que realmente pretenden servir o tienen vocación para ayudar a sus pueblos. Es la única manera de prever las distintas tonalidades que en cada sitio estaría coloreando ese amanecer. Y de esculpir la inteligencia mientras se proyecta en la memoria.

Es cierto que, justamente, son las burguesías más acaudaladas y por lo tanto, con la «mejor» educación de cada época, las que propician los nacionalismos. Pero se trata de minorías muy interesadas en perpetuar sus poderes e incluso, sus propias frustraciones. Privilegiados que no se rebelaron contra su propia alienación.

Los nacionalismos son ideales para manejar a las masas, distraerlas de posibles sublevaciones o generar otras, convertirlas a sus propósitos. Pero si la educación llega a más y más gente, también habrá individuos capaces en cada sociedad para descubrir las manipulaciones; habrá más perspicaces que las reconozcan, reorienten y transformen en discursos sólidos y menos individualistas. Personas, y no solo gente, seres que se sepan humanos, ni españoles, ni venezolanos, ni de izquierdas ni de derechas, ni del Barça ni del Madrid, al menos, no a ultranza. Humanos, solamente humanos. Y pensantes.

Hace años, durante una caminata dominguera, un periodista alemán, huido a las Américas porque no podía soportar el historial de su país, el que su abuelo haya levantado la mano en favor de un ismo, preguntaba a una chica a la que recién conocía sobre sus antecedentes:
—¿Qué eres?
—Persona —respondió ella.

Y él se quedó pensando en que no había aprendido nada, que esperar respuestas como «escritora de éxito», «doctora en ciencias de no sé qué», «abogada con futuro», le hacía sentirse estúpido. Y que su abuelo, identificado en aquel «ismo», se repetía en él, quien también anhelaba etiquetas, posiciones políticas, ideológicas, sentencias. ¿Para qué? Porque era cómodo. Porque en el fondo esperaba un «ismo» rebatible o adaptable y siempre, siempre, «antiburgués». Justo el más elitista y segregacionista de todos los pensamientos.

Vivan los «ismos» culturales, como puntales de conocimiento; los que se quedaron en la Historia, como proceso que apalancó la civilización, meros objetos de estudio. Adiós a los que nos separan unos de otros, a los que pretenden diferenciarnos sin explicarnos de qué y el porqué.

¡Te están usando, muchacho! Aprende a reconocerte, por favor. No dejes que Maquiavelo te entrene (eso sí, léelo y conócelo bien).

viernes, 6 de abril de 2012

La opción ‘a’: medida de estos tiempos


En una ocasión quise optar al puesto de correctora en una editorial madrileña. Era uno de esos puestos que ofrecen las páginas de empleo en la red. Para poder completar el registro había que rellenar un formulario. Sospecho que fue la primera pregunta la que impidió traspasar las fronteras: «¿Cómo actúa cuando va por la calle y casualmente observa un error ortográfico?: a) No puedo dejar de pensar en ello; b) Lo miro, lo corrijo mentalmente y pienso que no puedo hacer nada más; c) Considero que no es mi problema y me olvido del asunto».

Como últimamente, no sin esfuerzo, intento encontrar un punto intermedio y equilibrado de la vida, pensé que la respuesta más coherente con la realidad de mis tiempos era la ‘b’. Si marcaba la ‘a’ hubiera quedado como una obsesiva compulsiva que, desde luego, no consideraba pudiera interesar a un posible empleador, por todas las consecuencias que una persona con este comportamiento puede generar en un ambiente laboral, para mal, suponía yo.

Si, por el contrario, marcaba la ‘c’, me hubiera manifestado como una correctora indiferente, «pasota», con poco interés e incluso desdén hacia una faena que se supone debería más que agradarme si pretendía dedicarme a ella profesionalmente.

Así que una corrección mental que tranquilizara mi inquietud excluiría a una loca correctora de tildes, zetas y uves colgada de carteles y adherida a lienzos y paredes con un tippex gigante, lo que me pareció razonable y propio de un buen hacer, muy profesional y apetecible para una empresa de las características que suponía.

Aun así, no pasé esa primera criba y me quedé pensando en los porqués, eso sí, sin obsesiones, que esa era la consigna.

Hace unos meses, esta vez en una entrevista personal, cierto editor me dejó un material para su revisión. Me dijo que era un trabajo urgente y que entendía que los correctores éramos seres «obsesivos y compulsivos», que pretendíamos llegar hasta el último detalle, pero que esa vez no me lo tomara tan en serio, por favor, por favor.

Entonces lo comprendí: lo que puede ser un hándicap para una actividad es, sin embargo, una virtud en otra. Parece que en el gremio es de todos sabido que la opción ‘a’ era la correcta.

Y otro ajuste de tuerca: no solamente en la actividad del corrector. También he entendido que quieren que vendas como si se te fuera la vida en ello; que manipules, exijas, grites, que obtengas sobre cualquier pretexto lo que deba hacerse. Porque si no, lo que se te irá es el trabajo, y sí, eso que venimos denominando «sistema» sentencia que también perderás la vida en ello. Así que, gnomos del tiempo, devuélvanme a unos meses atrás, que tengo que contestar un test y decir que necesito ser una correctora obsesionada para que me den ese puesto en la editorial de Madrid. Es que ahora esa es la medida de la competencia y de la profesionalidad.