miércoles, 8 de diciembre de 2010

Me pregunto

-I-

…Desde hace meses, cuando leí uno de esos titulares que se quedan refractados en la memoria, acerca de la percepción que tienen los jóvenes contemporáneos, de que desarrollarán una existencia menos próspera que la de sus padres, me pregunto, digo, si los de mi generación también podemos incluirnos en esa estadística.

Ya no somos jóvenes, pero tampoco viejos; sin embargo, algunos tenemos la certeza de vivir un cuadro confuso a nuestro alrededor. Y la peor noticia para quienes creen en el Capitalismo a ultranza: los que no nos subimos antes al tren del sistema no tendremos la posibilidad de prosperar económicamente como lo hicieron nuestros padres y muchos de nuestros congéneres históricos. A eso, sumémosle otro titular que ha estado de moda: “Si no te has hecho rico antes de los 30 años será improbable que lo seas más adelante”.

Cuando los mayores que nos preceden generacionalmente comenzaron a producir y crear familias, el mundo occidental de siempre se reinventaba con dificultades, pero con paso firme, mientras que el occidental latinoamericano se forjaba. Allí todo estaba por hacer, y las oportunidades se generaban si seguías el modelo económico establecido que tan bien parecía ir en el Norte. Aun una mala copia podía ser rentable.

Y no hay que juzgarles: se hacía lo necesario para sobrevivir; se hacía lo que desde generaciones atrás no había podido lograrse: un espacio, y esta vez, con una percepción de igualdad y libertad que quizá no se materializaba desde los primeros tiempos de la colonización.

Supongamos que 10.000 parejas se multiplicaron por 100.000 jóvenes que empezaron a recibir educación universitaria. Somos la segunda o tercera generación que, desde los 60 y 70 emergimos con seguridad y un absoluto aburgesamiento clase media que crecía con dibujos animados made in USA. Los sesentosos que se dedicaron a la protesta fueron abatidos o terminaron marginados en pequeños mundos tóxicos, confundidos con malos políticos y delincuentes de la selva. Los que siguieron “el curso normal” de lo que se esperaba de nosotros, terminamos la carrera y muchos lograron subirse al pedestal por encima de sus padres. Son su orgullo, justo lo que querían. Casi todos se asocian con carreras científicas o empresariales: médicos con postgrados y másters en EE UU o Europa del Norte y economistas y administrativos que llegaron a la banca, al sector de las tecnologías o a las comunicaciones.

Ahora viven otro paraíso de clase media alta con aparatos de todo tipo, vacaciones Disney y algunas preocupaciones que no pasan de un ecologismo light, es decir, delimitado al punto en que no entorpezca la sensación de bienestar que crea la posesión de dos o tres coches por familia.

Los otros, ¿quiénes somos los otros? Los que una vez sistematizados empezamos a mirar afuera y no nos gustó reflejarnos en la sociedad feliz. Algunos se percataron temprano; otros lo hicimos tardíamente (tarde y temprano según los parámetros que miden el ritmo vital de esta época). Dejamos incluso “las mieles” de puestos sólidos y políticamente correctos y apostamos por derroteros que tampoco teníamos muy claros. Éramos buenos para mucho y eficaces para poco; algunos llegamos a creernos intelectuales, pero no teníamos ni la disciplina ni la capacidad de sacrificio que sí tuvieron, con menos oportunidades, las generaciones que nos precedieron.

Qué desastre. Nos apeamos del Mundo, pero solo seguíamos a Mafalda, que, como buen personaje, solo es eso, un gráfico. Es que ya estábamos etiquetados como una generación cómoda y bastante boba, y tanta necedad, mezclada con disquisiciones aderezadas por el alcohol y el cigarrito solo podían conducir al… limbo.

Y qué conste, no hablo de fracaso. Porque ahora estos otros que decidimos estar al margen hemos comenzado a reaprender, empezar de cero más uno y quizá, desde el trabajo que nos ubica en realidades más dolorosas, alguna que otra necesidad y contingencias varias, quizá desde allí, sí sea legítima la ironía, sea adecuada la crítica y mejor aún, las acciones que decidamos emprender con libertad de conciencia y no con el esbirro inaguantable del éxito que la sociedad de siempre nos prescribe.

Así que es un tránsito un poco más pesado, que no ha culminado para algunos, pero que podría ser emocionante. De todos modos, algunos papás, ¡benditos sean!, están allí atentos, no vaya a ser que nos golpeemos y hagamos pupa.

También corremos el peligro de que lleguemos al mismo destino de los exitosos: los aparatitos, la mascota chula, las vacaciones prefabricadas, las hipotecas heredables. Lo que sería por fin la meta soñada para quienes nos preceden, en nuestro caso, podría ser la imposición por fin que este Mundo agujereado por todos los frentes, medio ahogado, aún pretende erigir como meta definitiva.

En cualquier caso, my friend –me lo digo a mí misma–, para no ser tan jóvenes, algunos tenemos la suerte de sentirnos como los que sí: aprendices, siempre aprendices.


-II-

Un día después…

No, no me tranquiliza esta última idea. Siempre pienso en cuándo nos tocará pagar la indecisión, la vuelta atrás y los regates. ¡Cuándo!

Y aún, en este escrito, no he resuelto el problema crucial que se estarán haciendo algunos: ¿por qué, Ada, relacionas la vida que disfrutamos-pagamos con un destino nefasto? ¿Me estás despreciando, tú? ¿Qué propones como alternativa? ¿Me das un ejemplo de tu propuesta y acción?

No, no puedo proporcionártelo, lector; no lo he conseguido y llevo años driblando la esfera. Solo diré que no desearía verme reflejada en el orgullo que te produce tu estatus; en tu cara de satisfacción cuando ves a tus niños casi obesos pegados al ordenador última generación; ni en tu muestrario de propiedades; tu necesidad de marcas; la exhibición impúdica de tu carné partidista; tu ración de autoestima cuando diste los 20 céntimos que te sobraban a la mujer que te pidió comida en la calle; en tu inocencia al dejarte embaucar por el cuarto poder; tus compras “de Navidad”; las defensas apasionadas de un equipo deportivo; la obsesión por contar cada minuto de tu vida privada en Facebook; la inmensa pérdida de tiempo que supone perder tiempo…

Pero es difícil resistirse, porque nos rendimos, y, aunque intentamos distanciarnos, volvemos a caer. Así que no hay ejemplo, ni nada. Solo un grito, de nuevo munchiano, para justificar este “Me pregunto” de hoy, o más bien de ayer; para decir que algunos permanecemos en el limbo, mirando y flotando, a veces con intención de nado.

¿Me has entendido? Es solo una petición personal: la de evitar perder la mirada y, si es posible, empezar a hacer lo que cuesta y se debe hacer; sentir vergüenza por la ignorancia general, y, sobretodo, por ignorar.

http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/2010/vargas_llosa-lecture_sp.pdf

domingo, 21 de noviembre de 2010

Las idas y las vueltas


Las idas

Voy en el metro. Como si fuera un tren de larga distancia, me dirijo al último pueblo de la línea 1: Villanueva de Castellón, a casi dos horas del inicio del recorrido. La tira de hierros, rodeada de huerta y terrenos baldíos, atraviesa pueblos cuyos nombres quizá no repita nunca, o no pueda recordar dentro de media hora: Omet, Espioca, Font Almaguer…

Me pregunto si estos poblados no habrían desaparecido hace tiempo de no ser por las vías, y pienso, como no, en Venezuela, cuando aún había perspectiva de progreso y los cuartos o quintos oros petroleros podrían haberse invertido en infraestructura, esa que tiene la intención de conectar, de comunicar las gentes, las tierras, la riqueza de unas y otras, la vida. Pero no hubo intención entonces y menos la hay ahora.

Las garzas que también espigan los naranjos y no solo los arrozales, como creía, se repiten en varios paisajes, y la bandada de pájaros regordetes se quedó atrás. (Pero los he visto.) La torre de la iglesia de Carlet tal vez se parece a la de Alginet y a la de aquel pueblo cuyo nombre empiezo a olvidar. (Pero las he oteado.) ¡Y no creo haber apreciado árboles más repletos de naranjas o de caquis! Sé de alguno que disfrutará de estas miradas que relato, y solo las vías me permiten referírselo.

Las personas se desplazan, se mueven, miran y hablan. Una señora entra en la estación de Massalavés y dice «Hola, buenos días». ¡En el metro! ¡Qué lujo!

Ya es hora de conquistar Villanueva de Castellón. Cuando exploramos, muchas veces desaparece el ensueño. Pero ahora, enfrente, tengo una montaña y mis ojos se esparcen. Así lo cuento, así me place.

Salgo, voy. «Hasta luego, señora».


Las vueltas


Tengo esa sensación de la añoranza reciente. Es la anticipación de percibir y comprender como muy probable no retornar a un punto por el resto de la vida.

En Villanueva de Castellón me dediqué a esperar la hora de mi cita. Mientras tanto, atravesé el mismo mercadillo (ventas ambulantes por un día a la semana en un espacio determinado) de todos los pueblos de España. Di media vuelta y me dirigí al Mercado del pueblo, reformado recientemente, en donde, para mi desconsuelo, no había naranjas.

Llegué a mi entrevista en el estupendo edificio de 1901 que alberga el colegio Santo Domingo. Al entrar, una religiosa ya anciana acariciaba su gata negra, a la que operarían dentro de unas horas “para que no tuviera gatitos”. Quise preguntarle  a la monja sobre las nuevas políticas del Vaticano en materia de regulación de nacimientos, pero preferí acariciarla a la gata, desearle suerte y consuelo por si intuía lo que estaba por ocurrir.

Cuando terminé mi trabajo y a falta de otra hora para el paso del metro, regresé a la estación. Pregunté a media docena de hombres mayores que se reúnen allí para la tertulia diaria, dónde podría conseguir naranjas de huerto. Estupefactos, contestaron lo que había que responder: «En el huerto». Ellos en catalán y yo en español, y sin que nadie dejara de entenderse. Trataron de convencerme de la naturalidad de esa acción, mientras yo mal justificaba razones por las que no debía entrar a una propiedad privada para hurtar frutos. Se reían de mí y daba gusto ver en algunos sus encías amplias, sin adornos, entiéndase, sin dientes.

─¿Por qué no?  ─preguntó don Miguel, quien ya se había presentado. ─Los rumanos entran y se las llevan en furgonetas.
─Precisamente…no hago esas cosas que hacen algunos rumanos y de otros sitios.
─¡Pero si tú no tienes furgoneta!
─Ya, ya ─empecé a responder un poco fastidiada por zanjar lo que me resultaba obvio. ─No me llevaré nada que no me den.
─¡Ah! –observó don Pepe, otro de los presentes. ─Haberlo dicho antes. A medio kilómetro está mi finca, y te llevas unos cinco kilos.
─Gracias, gracias, no, no, prefiero conversar con ustedes. No vaya a perderme el metro.

Y así fue como terminé conociendo la situación de la naranja para el agricultor, como por el mismo euro que en la ciudad cuesta un kilo, a él, los intermediarios le exigen 13 kilos. También supe que la naranja de la zona, desde allí a Tarragona, es tan buena como la de Xátiva y sus alrededores y mejor que la de Cullera y los suyos, por tamaño y dulzor. Y además, he sabido que allí nadie compra naranjas, porque todos tienen su huerto, el del hermano, amigo, etc. Así que la estadística que explica que en la Comunidad Valenciana la compra del fruto es inferior que la del resto de España resulta lógica e inútil: no hay que comprar lo que ya se posee. Claro, y así entendí porqué no hay naranjas en el mercado del pueblo.

También me recomendaron comer siete u ocho naranjas diarias. Ellos no saben de gripes ni catarros.

Seguidamente, hablamos de caquis, ciruelos, fresas y fresones. Y, al despedirme –ya llegaba mi transporte del tiempo–, me invitaron a volver para ser obsequiada con todos los frutos que pudiera llevarme. Todos nos dimos un par de besos y me desearon buena suerte en mi embarazo…

…Sorprendida, con un pie en la puerta y otro fuera, me di cuenta de que la chaqueta semiabierta dejaba ver una panza de sobrepeso (sin criaturas, por favor, que nadie se alarme). Sonreí, lancé un beso en el aire y se quedaron diciéndome adiós cuando cerraron las puertas.

Es curioso, pensaba durante el recorrido; también le deseé suerte a la gata del colegio.

martes, 12 de octubre de 2010

Un momento en el Día de la Hispanidad


Hace tiempo, un conocido que me preguntaba la razón por la que cuando se comentaba la posibilidad de reunirnos, no le decía que nos tomáramos una cerveza, como parece ser lo habitual, sino que nos encontrásemos frente a un helado.  Me ocurre igual con el café, los vinos, refrescos, etc. A todos les digo que preferiría que el tamiz de esa tertulia se expresara, al menos en mi caso, por medio de ese fruto de la nieve.

Ello ha traído como consecuencia que mis espacios de reunión se limiten bastante. Me desagrada el alcohol; no le encuentro alegría a su toque. Nunca he bebido una sustancia que lo contenga sin que tenga que hallar razones para describir sus bondades. Ahora, al menos, está el tema del resveratrol en algunos tintos, o lo de las propiedades de la cebada. Pero hacen falta muchas dosis para que cumplan sus efectos.

En cambio, ciertos dulces —sobre todo los heladosme producen instantáneo contento. No de ese que hace saltar y cantar bajo la lluvia, sino aquel que, como un pinchazo en el recuerdo, se mueve por distintos puntos del cerebro y lo deja al abrazo de momentos que seguramente fueron gratos, y si no, en la que los azúcares sirvieron para contribuir a que se expresaran con menos dolor.

Es una alegría suave, humilde, poco ruidosa, como entiendo deberían ser las heladerías si las contrastamos con las tabernas.

Normalmente, no nos cuestionamos los gustos. Pero a veces observo en adultos de la generación que comparto una incomodidad ante escenarios asociados con la niñez y que, según ellos, deberían dejarse allí.

Al contrario, codificar las etapas vitales me parece un error. Pero ese es tema de otra reflexión. Ahora solo quiero rendirme ante la brevedad y a la vez espesura del momento del helado. Del vaso en el que se coloca una cucharada y otra más, y su derretimiento, que no puede ser rápido ni lento y que debe durar los minutos justos de esa conversación o de los pensamientos en solitario.

El final, más líquido que orondo, es mi etapa favorita. Y la guardo para mí.

A falta de mejores palabras, hallé una descripción satisfactoria en el libro de Muriel Barbery, Rapsodia Gourmet. La reproduzco, mientras pienso en  que deje de llover para celebrar mi propia hispanidad con un helado de calabaza que tiene muy buena pinta, allí expuesto, en la heladería de la Plaza de la Reina:

Adoro los helados: cremas frías saturadas de leche, de grasa, de aromas artificiales, de trozos de fruta, de granos de café, de ron, gelati italianos de solidez de terciopelo y espirales de vainilla, fresa o chocolate; copas de helado que se derrumban bajo el peso de la nata montada, el melocotón, las almendras y los siropes de todas los sabores; simples helados de palo con su cobertura crujiente, fina y tenaz a la vez, que se saborean en la calle, en un tiempo muerto entre dos citas, o por las noches, en verano, ante el televisor, cuando ya se tiene claro que así, y sólo así, se sentirá menos el calor, se sentirá menos la sed; y los sorbetes al fin, síntesis consumada del helado y la fruta, refrescos robustos que se desvanecen en la boca en un reguero de glaciar (…).

Y es que un helado no se define como azúcar-postre. En ese tema soy tajante: un helado es el momento.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Desahogos y huelga


Hoy transcurrió mi primer día de huelga «general» desde que llegué a España. Como cada mañana, fui a trabajar, caminé mis 28 minutos de calle y parque y, al regreso, solo porque sí, esperé que pasara el autobús en servicios mínimos para encontrarme con todos los que decidimos, libremente, ir al empleo.

No es que este Gobierno no merezca una huelga. Huelga decir lo que, incluso, su propia gente, gotea aun con la mirada. El detalle está en que estos sindicatos tampoco la merecen.

La experiencia que poseo con los actuales gremios es nefasta. Fui víctima de un elemento, hace unos años máximo responsable en Venezuela de los sindicalistas españoles, quien se saltó y vulneró unas cuantas normas para justificar un error muy grave en una convocatoria pública para un puesto administrativo. De la mano de su jefazo, se encargaron de enviarme un recadito: «Dile a la Iglesias esa…».

Un funcionario muy fanfarrón, se jactaba de haber sido sindicalista piquetero durante la dictadura franquista. Hoy es un aburguesado pro bolivariano, que vive como quiere en una Caracas que utiliza para coleccionar amigas, «negritas», como las llama, porque «en este país —entiéndase Venezuela, aunque cueste admitirlo—se vive d.p.m.».

Otro, «se dejó elegir» representante sindical de la oficina en la que trabajábamos porque era la mejor forma de viajar gratis a España». ¿En las asambleas?: «Pues te presentas un rato, firmas lo que haya que firmar, y ya. Y si no vas, ¿quién te va a estar controlando».

Los del país que dejé —por ahora— también son ejemplares. Mientras un inspector de Trabajo y amigo se encontraba de visita en Puerto Ordaz, tuvo la ocurrencia de sugerir que en una obra de construcción debería emplearse el casco. ¡Cuánta temeridad! No habían pasado cinco minutos cuando el jefe sindical de aquellos buenos muchachos de crines al aire se le encaró y de manera sutil le recomendó que si quería mantener la vida que seguramente le era tan valiosa, se marchara en el momento.

Es posible que guarde en mi memoria un par de ejemplos más, pero no cansaré al lector que quiere saber de soslayo porque no practiqué el derecho a huelga.

La ventaja y quizá la mayor desventaja de contar con un blog es que se puede usar como un vertedero chovinista (mi yo, frente a los otros), o como un estirado ejercicio intelectual (vaya, si es igual que el anterior), pero a veces, solo a veces, queda un gustito de desahogo que no admite refinamientos, sino la sencilla rabia que le ha dado origen.

Disculpe lector, si me escapo de mis máximas personales en lo que respecta a la negociación, pacifismo y capacidad de las personas para ser… en fin, todo lo que hay que ser. Pero solo por hoy creeré firmemente que a los actuales representantes sindicales hay que aplicar la sentencia de la reina de corazones de aquel maravilloso país. Y además, que aprovechen para rasurarlos. Al no ver el pelero, las diáfanas panzas los asemejarán al enemigo.

Mañana retornaremos al país de las realidades.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Libro de caras


Estoy en Gandía, frente al mar, y disfrutando de los últimos soles del verano, o mejor, de los primeros del otoño. De camino, leo un cartel en Burguer King, que pone “tómalos suavesitos”. Sé que los diminutivos no se dan bien ortográficamente ni a los hispanohablantes, pero el cartel es grande, brillante, llamativo…

Sigo. El mar, el viento, la arena fina, una bandera roja. Qué lejos están Facebook y sus galimatías. Sabré que no tengo aún síntomas de Alzheimer cuando logre distinguir a mis ex compañeras de Primaria, a las de Secundaria,  a los de Derecho, de Letras, a los ex alumnos míos y a los de mi madre, que también me escriben porque tenemos el mismo nombre.

Empiezo a reencontrarme con el pasado y me pregunto si es sano y natural. Porque, por algún motivo, eso que se llama la vida misma, hubo gente que se fue y otros nos quedamos, y hubo quienes salimos sin dejar rastro y sin derecho de réplica a los otros. O tal vez todos nos movimos de distintas maneras con la intención de no plasmar malas huellas.

¿Es este reencuentro normal? ¿Habría que haber dejado las cosas como estaban? No lo sé aún. También “lo natural” era la playa con sus palmeras y ahora hay edificios enormes y hamburgueserías enfrente. Y nadie parece incomodarse. Solo los nostálgicos.

Confieso que entré en Facebook hace tres semanas porque quería localizar a dos amigas que perdí por falta de llamadas, por acuerdos tácitos de no agresión. A una, casi la he encontrado. La otra, puede que continúe en Molfetta, aquel pueblo encantador frente a las costas del Adriático. Quizá allí no haga falta un libro de caras.

¿Mi sueño? Ver a los ojos de los que hemos reencontrado, frente a un helado, nuevos aromas por descubrir y ante una conversa más densa, con menos fotos planas y buenos o regulares recuerdos descritos, narrados y aderezados con los proyectos de vida que aún nos quedan.

Porque esta es, exactamente, la mitad de la vida.

Qué suavecito se escribe en la playa.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La culpa es de la fábula

Todas las mañanas, a la misma hora, la paloma se posa sobre el hierro oxidado del tendedero, y una y otra vez hala con su pico otro pequeño metal, anudado al anterior e indisoluble por el nudo de años, la herrumbre, el abandono.

Pero la paloma se empeña en horadar la resistencia y dedica idénticos minutos de cada día a su tarea.

Hoy, ya un poco cansada del ruido que genera su roce continuo, he decidido dialogar:
¿Te das cuenta de que es imposible que culmines tu trabajo? Ni en un millón de mañanas romperás ese hierro; ni en un millón de días lo convertirás en rama para tu nido.  Ni siquiera vivirás un millón de minutos. ¡Es un metal oxidado y endurecido! No estás ante paja, hilos o cabellos, tus elementos habituales. ¡Y no me hables de citas bíblicas o budistas sobre los granos de arena o tierra de montañas trasladados en palas, etc., etc.!

Ella movió su cabeza de izquierda a derecha, de arriba abajo, parpadeó y me dijo:
¿Qué sabes tú de nidos? ¿Y de madres? Mi acto se convertirá en atávico. Cada hija, y las hijas de sus hijas lo repetirán durante esos millones de minutos con los que nos sentencias. Algún día lo sacarán. Y, en ese momento, como el primate de Odisea 2001, seremos libres, destrozaremos una utopía para hallar otra.

Tuve que callarme y dejar de lado tanto pragmatismo. ¡Qué fastidio con estos animales sabiondos! ¡La culpa es de Esopo, la Fontaine y Samaniego!

domingo, 5 de septiembre de 2010

Riqueza, manipulación, mal gusto… ¿quién da más?

Ya sé que cada medio periodístico tiene una postura marcada. En algunas ocasiones esta es muy evidente; en otras hay porqués retorcidos, del bando que se quiera, para todos los gustos.

Anoche, S. me llamó con cierta urgencia para ver la tele: «Mira este programa, por favor». Se trata de «Callejeros», dedicado, esta vez, a mostrarnos el lujo, la opulencia.

Quedamos con la boca abierta. Las personas se exponían, literalmente hablando, y demostraban lo mucho que poseen. Al preguntarle la periodista a una de las señoras cuál era su ocupación, contestó: «Las niñas ¡y el shopping, claro! Luego, bajo una supuesta inocente necesidad de inquirir en las razones, la misma reportera mostraba a las pequeñísimas hijas de esta mujer y le preguntaba si en sus uñas llevaban la manicura francesa, así como obtenía información sobre los múltiples tatuajes del cuerpo de la madre.

Al padre le comentaba si sus cifras eran más bien de millonario o de multimillonario. A lo que el hombre respondía un poco nervioso: «Bueno, digamos que pasan de los ocho ceros».

Luego, la diligente presentadora les acompañaba a la actividad de comprar. Así, veíamos modelitos, los caprichos de la niña mayor satisfechos al momento, las pizzas buenísimas, la propina de unos veinte euros, la suegra con sus comentarios sobre la ropa, los coches, etc., etc. Nunca se observó su entrada a una librería, al museo de la ciudad, un teatro donde comprar entradas, la galería de arte, nada. Se trataba de exponer el consumismo al más burdo estilo anglosajón. Hubo momentos en los que dudé acerca de si estábamos ante actores.

La treta es simple: ahí te muestro a estos nuevos ricos con su mascota Tacobell meándose en la alfombra de la que presume el millonario. Indígnate poco a poco, que aún queda programa.

Y es que ese era uno de los frentes. Por el otro aparecía un tipo muy esnob, en Barcelona, quien mostraba su recién comprado ático por tres millones de euros; el mismo al que atienden en un centro de belleza-barbería, en donde se intenta que ningún cliente coincida con otro a la misma hora. Luego, el yate, sus apreciaciones sobre los rumanos que aparecen en el programa durante un recorrido por la autopista y, por último, el comentario de un «amigo»: —Él es muy especial, disfruta de su riqueza y le gusta mostrarla —decía, medio en serio, medio en broma. Su amigo nunca dice que es un buen tipo, solo que es «muy él», casi lo equivalente a que es un desgraciado, a quien se padece, pues tiene mucho dinero.

Después, aparecían los veraneantes de Sotogrande, aquellos a quienes nuestra atenta periodista preguntaba qué equipos participaban en determinado partido de polo, y cuya respuesta divertía, porque lo importante era dejarse ver y los cócteles. Con curiosidad he visto al dueño del banco venezolano, el único que mencionó como su participación en el evento y luego la victoria de su equipo (¿Lechugas-Lechuzas-Lechones Caracas?), obedecía al merecido descanso luego de un año de trabajo. Por fin aparecía la palabra «trabajo».

¿Y el joven ni tan joven que no acostumbra a mostrar sus bienes, pero nos trasladó a su embarcación para hacer visible la amplísima cama, mientras aseguraba que allí cabían dos?

Bien, esa fue la muestra descarnada que el programa ofreció, como cuando nos pica una avispa y, sin querer queriendo, deja el veneno dentro.

Ante esto, se pueden resumir tres tipos de televidentes, aunque hay otros, claro está: primero, el comúnmente estúpido, el que piensa y dice «mira lo que estos tienen» y se queda arrobado; segundo, el rebelde, en el que la planta cizañera empieza a germinar esa misma noche y va sumando resentimientos. Es el que está convencido de que «ser rico es malo», como popularizó en Venezuela el discurso revolucionario, de acuerdo —siempre cuando conviene— con el bíblico. El tercer grupo, el del mundo del pillaje y el de la delincuencia organizada, que habrá tomado buena nota de los datos, caras, nombres de quienes tan ingenua y vergonzosamente han lucido su exhibicionismo y falta de sentido común, sin dejar de lado el mal gusto y la escasa sensibilidad. Por supuesto, si partimos de que toda esta gente es realmente la que dice ser.

El primer grupo es el que siempre se consideró ideal para las televisoras, para los medios en general; todos hemos pasado por esa fase y hay programas que nos dejan intactos, tontos. El siguiente es aquel al cual se dirige este tipo de programa: persigue un cruce de cables, para bien o para mal.

Entonces, ¿a qué viene toda esta larguísima exposición?

Pues que al levantarme esta mañana me he dado cuenta de que caí en la manipulación, porque anoche me fui a dormir molesta. Me creí el doble rasero con el que este programa intentó sondearme.

Ni todos los ricos son ostentosos, dilapidadores o insensibles, ni todos los de escasos recursos son humildes, ahorradores, perceptivos. Con estos y muchos otros adjetivos se pueden crear centenares de estereotipos y realidades.

¿Que el programa en cuestión no los mostró? Ya, es que parece que observar a unos señores millonarios participando en obras benéficas y financiándolas, subvencionando investigaciones científicas para la curación de enfermedades, promoviendo con sus recursos un mayor número de representaciones teatrales y musicales, invirtiendo en educación, no es rentable, no genera mala sangre. Ver a muchos millonarios con una vida natural es inadmisible para la intencionalidad de quienes solo desean efervescencia y cómo no, espectadores.

Habrá algún profesor que en clase haga visible fragmentos de este programa. Allí empezarán a formarse los tipos de espectadores que mencioné antes. Algunos estudiantes dirán, golosos, que «les molaría» vivir así la prosperidad económica, mientras que otros elevarán consignas revolucionarias. Espero que el profesor desee a todos riqueza emocional, espiritual y material, ¿por qué no?; futuros y actividades brillantes y, como consecuencia, don de gentes, con o sin capitalismo, con o sin marxismo.

Lo que no debe ser un lujo es convertirnos en buenas personas. Tampoco cuesta dinero, pero si, comprar educación, pagar por la cultura contribuye en ello, bienvenido sea.