martes, 12 de octubre de 2010

Un momento en el Día de la Hispanidad


Hace tiempo, un conocido que me preguntaba la razón por la que cuando se comentaba la posibilidad de reunirnos, no le decía que nos tomáramos una cerveza, como parece ser lo habitual, sino que nos encontrásemos frente a un helado.  Me ocurre igual con el café, los vinos, refrescos, etc. A todos les digo que preferiría que el tamiz de esa tertulia se expresara, al menos en mi caso, por medio de ese fruto de la nieve.

Ello ha traído como consecuencia que mis espacios de reunión se limiten bastante. Me desagrada el alcohol; no le encuentro alegría a su toque. Nunca he bebido una sustancia que lo contenga sin que tenga que hallar razones para describir sus bondades. Ahora, al menos, está el tema del resveratrol en algunos tintos, o lo de las propiedades de la cebada. Pero hacen falta muchas dosis para que cumplan sus efectos.

En cambio, ciertos dulces —sobre todo los heladosme producen instantáneo contento. No de ese que hace saltar y cantar bajo la lluvia, sino aquel que, como un pinchazo en el recuerdo, se mueve por distintos puntos del cerebro y lo deja al abrazo de momentos que seguramente fueron gratos, y si no, en la que los azúcares sirvieron para contribuir a que se expresaran con menos dolor.

Es una alegría suave, humilde, poco ruidosa, como entiendo deberían ser las heladerías si las contrastamos con las tabernas.

Normalmente, no nos cuestionamos los gustos. Pero a veces observo en adultos de la generación que comparto una incomodidad ante escenarios asociados con la niñez y que, según ellos, deberían dejarse allí.

Al contrario, codificar las etapas vitales me parece un error. Pero ese es tema de otra reflexión. Ahora solo quiero rendirme ante la brevedad y a la vez espesura del momento del helado. Del vaso en el que se coloca una cucharada y otra más, y su derretimiento, que no puede ser rápido ni lento y que debe durar los minutos justos de esa conversación o de los pensamientos en solitario.

El final, más líquido que orondo, es mi etapa favorita. Y la guardo para mí.

A falta de mejores palabras, hallé una descripción satisfactoria en el libro de Muriel Barbery, Rapsodia Gourmet. La reproduzco, mientras pienso en  que deje de llover para celebrar mi propia hispanidad con un helado de calabaza que tiene muy buena pinta, allí expuesto, en la heladería de la Plaza de la Reina:

Adoro los helados: cremas frías saturadas de leche, de grasa, de aromas artificiales, de trozos de fruta, de granos de café, de ron, gelati italianos de solidez de terciopelo y espirales de vainilla, fresa o chocolate; copas de helado que se derrumban bajo el peso de la nata montada, el melocotón, las almendras y los siropes de todas los sabores; simples helados de palo con su cobertura crujiente, fina y tenaz a la vez, que se saborean en la calle, en un tiempo muerto entre dos citas, o por las noches, en verano, ante el televisor, cuando ya se tiene claro que así, y sólo así, se sentirá menos el calor, se sentirá menos la sed; y los sorbetes al fin, síntesis consumada del helado y la fruta, refrescos robustos que se desvanecen en la boca en un reguero de glaciar (…).

Y es que un helado no se define como azúcar-postre. En ese tema soy tajante: un helado es el momento.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Desahogos y huelga


Hoy transcurrió mi primer día de huelga «general» desde que llegué a España. Como cada mañana, fui a trabajar, caminé mis 28 minutos de calle y parque y, al regreso, solo porque sí, esperé que pasara el autobús en servicios mínimos para encontrarme con todos los que decidimos, libremente, ir al empleo.

No es que este Gobierno no merezca una huelga. Huelga decir lo que, incluso, su propia gente, gotea aun con la mirada. El detalle está en que estos sindicatos tampoco la merecen.

La experiencia que poseo con los actuales gremios es nefasta. Fui víctima de un elemento, hace unos años máximo responsable en Venezuela de los sindicalistas españoles, quien se saltó y vulneró unas cuantas normas para justificar un error muy grave en una convocatoria pública para un puesto administrativo. De la mano de su jefazo, se encargaron de enviarme un recadito: «Dile a la Iglesias esa…».

Un funcionario muy fanfarrón, se jactaba de haber sido sindicalista piquetero durante la dictadura franquista. Hoy es un aburguesado pro bolivariano, que vive como quiere en una Caracas que utiliza para coleccionar amigas, «negritas», como las llama, porque «en este país —entiéndase Venezuela, aunque cueste admitirlo—se vive d.p.m.».

Otro, «se dejó elegir» representante sindical de la oficina en la que trabajábamos porque era la mejor forma de viajar gratis a España». ¿En las asambleas?: «Pues te presentas un rato, firmas lo que haya que firmar, y ya. Y si no vas, ¿quién te va a estar controlando».

Los del país que dejé —por ahora— también son ejemplares. Mientras un inspector de Trabajo y amigo se encontraba de visita en Puerto Ordaz, tuvo la ocurrencia de sugerir que en una obra de construcción debería emplearse el casco. ¡Cuánta temeridad! No habían pasado cinco minutos cuando el jefe sindical de aquellos buenos muchachos de crines al aire se le encaró y de manera sutil le recomendó que si quería mantener la vida que seguramente le era tan valiosa, se marchara en el momento.

Es posible que guarde en mi memoria un par de ejemplos más, pero no cansaré al lector que quiere saber de soslayo porque no practiqué el derecho a huelga.

La ventaja y quizá la mayor desventaja de contar con un blog es que se puede usar como un vertedero chovinista (mi yo, frente a los otros), o como un estirado ejercicio intelectual (vaya, si es igual que el anterior), pero a veces, solo a veces, queda un gustito de desahogo que no admite refinamientos, sino la sencilla rabia que le ha dado origen.

Disculpe lector, si me escapo de mis máximas personales en lo que respecta a la negociación, pacifismo y capacidad de las personas para ser… en fin, todo lo que hay que ser. Pero solo por hoy creeré firmemente que a los actuales representantes sindicales hay que aplicar la sentencia de la reina de corazones de aquel maravilloso país. Y además, que aprovechen para rasurarlos. Al no ver el pelero, las diáfanas panzas los asemejarán al enemigo.

Mañana retornaremos al país de las realidades.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Libro de caras


Estoy en Gandía, frente al mar, y disfrutando de los últimos soles del verano, o mejor, de los primeros del otoño. De camino, leo un cartel en Burguer King, que pone “tómalos suavesitos”. Sé que los diminutivos no se dan bien ortográficamente ni a los hispanohablantes, pero el cartel es grande, brillante, llamativo…

Sigo. El mar, el viento, la arena fina, una bandera roja. Qué lejos están Facebook y sus galimatías. Sabré que no tengo aún síntomas de Alzheimer cuando logre distinguir a mis ex compañeras de Primaria, a las de Secundaria,  a los de Derecho, de Letras, a los ex alumnos míos y a los de mi madre, que también me escriben porque tenemos el mismo nombre.

Empiezo a reencontrarme con el pasado y me pregunto si es sano y natural. Porque, por algún motivo, eso que se llama la vida misma, hubo gente que se fue y otros nos quedamos, y hubo quienes salimos sin dejar rastro y sin derecho de réplica a los otros. O tal vez todos nos movimos de distintas maneras con la intención de no plasmar malas huellas.

¿Es este reencuentro normal? ¿Habría que haber dejado las cosas como estaban? No lo sé aún. También “lo natural” era la playa con sus palmeras y ahora hay edificios enormes y hamburgueserías enfrente. Y nadie parece incomodarse. Solo los nostálgicos.

Confieso que entré en Facebook hace tres semanas porque quería localizar a dos amigas que perdí por falta de llamadas, por acuerdos tácitos de no agresión. A una, casi la he encontrado. La otra, puede que continúe en Molfetta, aquel pueblo encantador frente a las costas del Adriático. Quizá allí no haga falta un libro de caras.

¿Mi sueño? Ver a los ojos de los que hemos reencontrado, frente a un helado, nuevos aromas por descubrir y ante una conversa más densa, con menos fotos planas y buenos o regulares recuerdos descritos, narrados y aderezados con los proyectos de vida que aún nos quedan.

Porque esta es, exactamente, la mitad de la vida.

Qué suavecito se escribe en la playa.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La culpa es de la fábula

Todas las mañanas, a la misma hora, la paloma se posa sobre el hierro oxidado del tendedero, y una y otra vez hala con su pico otro pequeño metal, anudado al anterior e indisoluble por el nudo de años, la herrumbre, el abandono.

Pero la paloma se empeña en horadar la resistencia y dedica idénticos minutos de cada día a su tarea.

Hoy, ya un poco cansada del ruido que genera su roce continuo, he decidido dialogar:
¿Te das cuenta de que es imposible que culmines tu trabajo? Ni en un millón de mañanas romperás ese hierro; ni en un millón de días lo convertirás en rama para tu nido.  Ni siquiera vivirás un millón de minutos. ¡Es un metal oxidado y endurecido! No estás ante paja, hilos o cabellos, tus elementos habituales. ¡Y no me hables de citas bíblicas o budistas sobre los granos de arena o tierra de montañas trasladados en palas, etc., etc.!

Ella movió su cabeza de izquierda a derecha, de arriba abajo, parpadeó y me dijo:
¿Qué sabes tú de nidos? ¿Y de madres? Mi acto se convertirá en atávico. Cada hija, y las hijas de sus hijas lo repetirán durante esos millones de minutos con los que nos sentencias. Algún día lo sacarán. Y, en ese momento, como el primate de Odisea 2001, seremos libres, destrozaremos una utopía para hallar otra.

Tuve que callarme y dejar de lado tanto pragmatismo. ¡Qué fastidio con estos animales sabiondos! ¡La culpa es de Esopo, la Fontaine y Samaniego!

domingo, 5 de septiembre de 2010

Riqueza, manipulación, mal gusto… ¿quién da más?

Ya sé que cada medio periodístico tiene una postura marcada. En algunas ocasiones esta es muy evidente; en otras hay porqués retorcidos, del bando que se quiera, para todos los gustos.

Anoche, S. me llamó con cierta urgencia para ver la tele: «Mira este programa, por favor». Se trata de «Callejeros», dedicado, esta vez, a mostrarnos el lujo, la opulencia.

Quedamos con la boca abierta. Las personas se exponían, literalmente hablando, y demostraban lo mucho que poseen. Al preguntarle la periodista a una de las señoras cuál era su ocupación, contestó: «Las niñas ¡y el shopping, claro! Luego, bajo una supuesta inocente necesidad de inquirir en las razones, la misma reportera mostraba a las pequeñísimas hijas de esta mujer y le preguntaba si en sus uñas llevaban la manicura francesa, así como obtenía información sobre los múltiples tatuajes del cuerpo de la madre.

Al padre le comentaba si sus cifras eran más bien de millonario o de multimillonario. A lo que el hombre respondía un poco nervioso: «Bueno, digamos que pasan de los ocho ceros».

Luego, la diligente presentadora les acompañaba a la actividad de comprar. Así, veíamos modelitos, los caprichos de la niña mayor satisfechos al momento, las pizzas buenísimas, la propina de unos veinte euros, la suegra con sus comentarios sobre la ropa, los coches, etc., etc. Nunca se observó su entrada a una librería, al museo de la ciudad, un teatro donde comprar entradas, la galería de arte, nada. Se trataba de exponer el consumismo al más burdo estilo anglosajón. Hubo momentos en los que dudé acerca de si estábamos ante actores.

La treta es simple: ahí te muestro a estos nuevos ricos con su mascota Tacobell meándose en la alfombra de la que presume el millonario. Indígnate poco a poco, que aún queda programa.

Y es que ese era uno de los frentes. Por el otro aparecía un tipo muy esnob, en Barcelona, quien mostraba su recién comprado ático por tres millones de euros; el mismo al que atienden en un centro de belleza-barbería, en donde se intenta que ningún cliente coincida con otro a la misma hora. Luego, el yate, sus apreciaciones sobre los rumanos que aparecen en el programa durante un recorrido por la autopista y, por último, el comentario de un «amigo»: —Él es muy especial, disfruta de su riqueza y le gusta mostrarla —decía, medio en serio, medio en broma. Su amigo nunca dice que es un buen tipo, solo que es «muy él», casi lo equivalente a que es un desgraciado, a quien se padece, pues tiene mucho dinero.

Después, aparecían los veraneantes de Sotogrande, aquellos a quienes nuestra atenta periodista preguntaba qué equipos participaban en determinado partido de polo, y cuya respuesta divertía, porque lo importante era dejarse ver y los cócteles. Con curiosidad he visto al dueño del banco venezolano, el único que mencionó como su participación en el evento y luego la victoria de su equipo (¿Lechugas-Lechuzas-Lechones Caracas?), obedecía al merecido descanso luego de un año de trabajo. Por fin aparecía la palabra «trabajo».

¿Y el joven ni tan joven que no acostumbra a mostrar sus bienes, pero nos trasladó a su embarcación para hacer visible la amplísima cama, mientras aseguraba que allí cabían dos?

Bien, esa fue la muestra descarnada que el programa ofreció, como cuando nos pica una avispa y, sin querer queriendo, deja el veneno dentro.

Ante esto, se pueden resumir tres tipos de televidentes, aunque hay otros, claro está: primero, el comúnmente estúpido, el que piensa y dice «mira lo que estos tienen» y se queda arrobado; segundo, el rebelde, en el que la planta cizañera empieza a germinar esa misma noche y va sumando resentimientos. Es el que está convencido de que «ser rico es malo», como popularizó en Venezuela el discurso revolucionario, de acuerdo —siempre cuando conviene— con el bíblico. El tercer grupo, el del mundo del pillaje y el de la delincuencia organizada, que habrá tomado buena nota de los datos, caras, nombres de quienes tan ingenua y vergonzosamente han lucido su exhibicionismo y falta de sentido común, sin dejar de lado el mal gusto y la escasa sensibilidad. Por supuesto, si partimos de que toda esta gente es realmente la que dice ser.

El primer grupo es el que siempre se consideró ideal para las televisoras, para los medios en general; todos hemos pasado por esa fase y hay programas que nos dejan intactos, tontos. El siguiente es aquel al cual se dirige este tipo de programa: persigue un cruce de cables, para bien o para mal.

Entonces, ¿a qué viene toda esta larguísima exposición?

Pues que al levantarme esta mañana me he dado cuenta de que caí en la manipulación, porque anoche me fui a dormir molesta. Me creí el doble rasero con el que este programa intentó sondearme.

Ni todos los ricos son ostentosos, dilapidadores o insensibles, ni todos los de escasos recursos son humildes, ahorradores, perceptivos. Con estos y muchos otros adjetivos se pueden crear centenares de estereotipos y realidades.

¿Que el programa en cuestión no los mostró? Ya, es que parece que observar a unos señores millonarios participando en obras benéficas y financiándolas, subvencionando investigaciones científicas para la curación de enfermedades, promoviendo con sus recursos un mayor número de representaciones teatrales y musicales, invirtiendo en educación, no es rentable, no genera mala sangre. Ver a muchos millonarios con una vida natural es inadmisible para la intencionalidad de quienes solo desean efervescencia y cómo no, espectadores.

Habrá algún profesor que en clase haga visible fragmentos de este programa. Allí empezarán a formarse los tipos de espectadores que mencioné antes. Algunos estudiantes dirán, golosos, que «les molaría» vivir así la prosperidad económica, mientras que otros elevarán consignas revolucionarias. Espero que el profesor desee a todos riqueza emocional, espiritual y material, ¿por qué no?; futuros y actividades brillantes y, como consecuencia, don de gentes, con o sin capitalismo, con o sin marxismo.

Lo que no debe ser un lujo es convertirnos en buenas personas. Tampoco cuesta dinero, pero si, comprar educación, pagar por la cultura contribuye en ello, bienvenido sea.

lunes, 30 de agosto de 2010

Aulas


-I-
El paisaje amansa opiniones

Regresar a la Universidad, aunque sea por una semana, es una labor de refrescamiento, una especie de «lifting» de cara, que puede —o no— repercutir en variaciones del punto de vista, del propio, se entiende.

¿El curso?: «Español como segunda lengua para inmigrantes»; ¿lugar?: Baeza. Preciosa atalaya en la que el golpeteo de las aulas se traspasa a una introspectiva rumia, frente al atardecer de luces y sombras que ofrece la sierra de Cazorla desde el Paseo de las Murallas.

Me había olvidado de que la Universidad es un Mundo pequeño y protegido hasta que aparece la confrontación. Cuando vas desbocado, cuando no se para de hablar, alguien aparece y «te» dice esa frase necesaria para que se active el freno de la reflexión. Pero eso lo vemos ahora, no cuando veinte años atrás creíamos que bastaba con conquistar y vencer.

¡Qué maravilla el turismo-verano universitario!

-II-
Babeles

Hasta hace un par de semanas la noticia que indicaba que la Junta de Andalucía está tomando la decisión de enseñar el árabe como segunda lengua en las escuelas me resultó descabellada, así como debió resultarle al redactor de prensa que decidía publicarla en área preferente.

Ahora me encuentro conque debo pensarlo, porque escuchados los puntos de vista de quien vive y observa los cambios de una comunidad, de ese docente que todos los meses debe presentar a un nuevo estudiante de origen árabe al resto de compañeros poco dados a integrarlo, parece que contar con herramientas alternativas puede contribuir en el proceso de no exclusión.

Lamenté, eso sí, que ninguna voz reflexionase sobre el papel que juega el idioma en el desarrollo o en el avasallamiento de una cultura, temor que sí admiten quienes consideran que la inclusión del árabe en las escuelas españolas podría significar el retorno de una conquista «moderna», sueño de los nostálgicos boabdiles, dentro y fuera de estas fronteras.

Y es que todos son-somos muy políticamente correctos en el curso.  Algunos, los menos, durante el tapeo nocturno, sí que hablan de lo curioso que resulta que los centros de acogida catalanes enseñen el catalán al recién llegado. Pero nadie alza la voz para comentarlo. Al fin y al cabo, ese no parece ser el eje del curso, sino las estrategias y herramientas para enseñar una lengua (¿no hablábamos de español?) a los inmigrantes.

Al menos, nadie ha cometido la impropiedad de mencionar la palabra «castellano» para hacer contraste.

Pero la verdad, ese no es punto. Cuando, enseñante del centro de acogida, ofreces al que llega el aprendizaje de una lengua minoritaria,  lo excluyes, quieras o no, porque le estás impidiendo que se mueva en territorios más amplios que los del pueblo o ciudad donde ha llegado en un primer momento, decisión accidentada la más de las veces.

Me dirás: «—Pues para eso vamos a enseñarle inglés, ¡o mejor!, chino, pues así tendrá más posibilidades…». ¡Ojalá!, pienso, pero no te lo digo… La verdad, me encantaría dominar mi propia lengua, dos o tres de las más universales y algunas regionales, pero no tengo el don ni la voluntad. Un inmigrante tiene la necesidad, y entiendo que el catalán, una vez que se ha sumergido a la población comunitaria en un marco de obligatoriedad que marcará el camino de la autodeterminación de aquí a un par de décadas, todos sus habitantes lograrán una mayor inclusión… Esa es la teoría y a lo mejor, la pragmática.

No obstante, la inclusión es un concepto más amplio que integrar en el entorno inmediato. También se relaciona con el aporte de recursos para el vuelo, no para la asimilación, palabra temida y odiada en este curso. La consigna es no asimilar, sino interactuar.

Que nos despistamos. Hace mucho calor aquí y el pensamiento se espesa. Hay que irse al mirador otra vez.

-III-
Conocer

Reflexionar la enseñanza de un idioma desde la perspectiva de los otros enriquece la historia personal.

¿Cómo iba a imaginarme que la alumna búlgara, al mover la cabeza de un lado a otro, asentía, no negaba? ¡Si parecen cosas del Chavo del Ocho!


Ya nunca me atreveré a decirle a un inmigrante que hay que alfabetizarlo, y es que, quizá ya lo esté en su idioma, o en otros distintos del mío.

No podremos avasallar a la alumna china con tantos besos, casi mejor que con ninguno, ni estar tocando a los alumnos dándoles palmaditas, pequeños apretones de aliento, entre tantos toqueteos que se nos ocurren a los latinos.

Sin embargo, cuando puse el ejemplo que comentó Marta en mi curso de enseñanza de español a extranjeros acerca de aquella profesora que decidió ponerse mangas largas en pleno verano ante la solicitud de un alumno árabe, todos saltaron. ¿Cómo es posible? ¡No podemos caer en ello! Inaceptable. Hasta percibí una velada acusación de…«¿No serías tú…?».

Me he quedado confundida. ¿No se supone que debemos ser muy adaptables? ¿Y si esa profesora, cediendo parte de su propia autonomía cultural ganó un alumno de español?

Quiero que la estudiante china no se sienta incómoda, pero a la vez deseo mostrarle que en esta cultura tocar también tiene límites; que el estudiante marroquí no puede exigir recato en el vestir, pero que le respeto igualmente aunque lo pida; que la chica búlgara «traducirá» su gesticulación para que le entendamos los de acá; que un subsahariano, aunque sea ingeniero en su país de origen, no se molestará si le decimos que lo alfabetizaremos en español.

Por cierto, mis opiniones, cuando expreso estos menesteres, no se toman en cuenta; hay silencios. ¿Qué ocurre aquí?

¿Cuál es la maldad de decir, decir, decir y aclarar?


 
IV
Me quedo con todo

Que sí, que retornar a las aulas me ha dado un poco de vidilla. Que en tres días vuelvo al trabajo y se agradece tenerlo, pero se añora aprender y alimentarse de los jóvenes. ¡Hasta el karaoke tiene sentido!

Es que, ahora, yo era una de las estudiantes viejas. ¡Pero también una vieja estudiante!


martes, 3 de agosto de 2010

Dialéctica

No sé como lo harán otros, pero, la mayoría de las veces, suelo pensar argumentándome a mí misma. Establezco un diálogo de opuestos dentro de mis pensamientos. Ello me ha ayudado enormemente a la hora de matizar mis absolutos y a la vez, me permite comprender el otro punto de vista.

No es muy fácil el proceso ni tampoco todos los temas se prestan a estas luchas dialécticas, porque, por ejemplo, cuando pienso sobre asuntos que me molestan, tales como la posición venezolana en la ruptura de relaciones con Colombia, las continuas alusiones a la Guerra, o ya desde España, el horror de los nacionalismos, me cuesta una barbaridad abordar y continuar los discursos hasta las últimas consecuencias. La más de las veces llego hasta el umbral en el que ambas partes de mi yo podrían violentarse y quién sabe si irse a las manos.

Pero semejante método, que en ocasiones me divierte mucho y ayuda a pasar algunas medias horas de la vida, ha contribuido a generar otros pensamientos que podrían ser dignos de autorreflexiones y diatribas:

1) ¿Hasta que grado es posible halar puntos de vista contrapuestos? ¿Se puede perder el propio con la flexibilidad? ¿Los colores degradados de una opinión personal no la van enflaqueciendo, minimizando? ¿O estará bien que la anulen como una lección ejemplarizante a la hora de tomarnos tan en serio y vernos ridiculitos? Pero…y si no nos tomamos en serio a nosotros mismos, ¿quién lo hará? ¿Importa eso? ¿Sí? ¿No? Mejor me detengo acá, porque empiezo a pelearme.

2) ¿Qué va a pasar cuando no pueda controlar los yoes —o mí yo con el otro que tomo prestado— y se enfrenten verbalmente?

Y todo esto viene al caso justo por la segunda de mis obsesiones.

Ayer iba en el autobús, detrás de una mujer en los cincuenta, algo descuidada en su apariencia (como la mayoría de nosotras, ya liberadas de la coquetería malsana), quien iba conversando sobre algunos aspectos que, de vez en vez, me distraían.

Le decía a su interlocutor (no caeré en la trampa de poner ora separado con la barra inclinada), que las viviendas estaban carísimas, y que no pensaba irse a Cullera este verano porque, al fin y al cabo, a quien poco le importaba gastarse el dinero era a esa persona, cosa que ella no podía permitirse.

Ambas nos bajamos en la misma parada y entramos al centro comercial. Seguí su ruta durante un buen rato con tranquilidad hasta que noté cómo su tono de voz iba in crescendo y, ya muy molesta, casi gritaba. Claro, la gente la miraba, así que yo decidí —muy en contra de mis convicciones— sobrepasarla y echar un vistazo también. Y es que comencé a intuir que las miradas no se debían tan solo a su conversa de altura auditiva.

En efecto, la mujer no llevaba auriculares, entiéndase, no hablaba por un móvil, como de forma errónea supuse durante todo el camino previo: discurría consigo misma, o con “sus otros”.

Y ya me ha pasado muchas veces creer una cosa o la otra; es “usual” ver a una persona hablando sola aunque parecía hablar por el móvil o justo lo contrario, pero nunca había visto a nadie que conservara las pausas como si realmente hubiera alguien a quien escuchar para luego rebatir.

Pasaron otras peculiaridades con esta señora en el centro comercial. Cuando salí del supermercado escuché su voz a grito vivo, pero esta vez sí, conversando en los límites de una cabina telefónica y con el aparato en mano y oído. Pasé junto a ella y por un momento creí que fingía, quizá agobiada por cierto toque de realismo que le obligaba a valerse del artilugio para hacer creíble ante otros la necesidad de exponer sus luchas internas.

Sí, la anterior es una frase muy larga que se resume en “quizá no quería que la tacharan de loca”.

En mi cerebro llevo varios días luchando contra mi inercia de palabras escritas. Había pensado en esbozar algunas líneas sobre asuntos que realmente no me afectan. Este sí.

Cuando ustedes, amigos, me vean por la calle hablando sola, verdaderamente sola, deténganme, abrácenme y, disimuladamente, como lo hace un buen cofrade, díganme la verdad.

Quizá aún esté a tiempo de reconducir mis voces hacia el centro. Quizá aún esté a tiempo de callarme.