sábado, 22 de agosto de 2009

Motores y silencio

A tres calles de donde vivo se ha formado una pequeña ciudad de fin de semana. Se caracteriza porque sus habitantes se reúnen alrededor del ritual de la velocidad y del ruido. Hay un nuevo trazado urbano solo por una o dos semanas, una nomenclatura distinta que delimita las vías, y la ciudad que estaba antes y sus moradores prestan los espacios para que semejante artificio deje todo el dinero que sea capaz de dar.

Ayer por la mañana lo comprendí. El quiosquero suspendía sus vacaciones, el menú del bar de la esquina anocheció a 8,50 y despertó a 10 euros, y, como si fuera Navidad, algunos portales de la siempre sucia J. J. Dómine extendían alfombras que no querían parecer plásticas para recibir a los viandantes. Además, hay más puestos de helados, muchos planos y guías de la ciudad disponibles y los comerciantes ya no tienen tiempo de mirar expectantes hacia los transeúntes.

Los antiguos habitantes, los que no pudieron escapar, hablan entre sí muy molestos sobre los inconvenientes del cambio de las vías, y esta vez piensan que será la última. (¿Semejantes ideas tendrán relación con el caso Camps?) Pero otros, como nosotros, agradecemos las molestias. Muchas gracias por venir, muchas gracias por estar. Son tres o cuatro días de empleo para algunos parados, para algunos que venían olvidándose hasta de sí mismos…

¿Diferencias con el año pasado? Varias. En la Plaza de Ayuntamiento extrañé el punto de información. Es como si existieran dos ciudades; una de ellas, de espaldas al evento. En la gasolinera abandonada ya no están los coches de lujo estrafalario que se alquilan al que puede y, hablando de alquileres, el balcón que el año pasado valía 700 euros ahora se cotiza por 100 o 200 ¡hasta con servicio de catering incluido!

Es una jungla ridícula, pero útil, en términos prácticos. Porque Fórmula 1 enriquece a los que llevan el negocio, que es suyo, lógicamente; engaña las mentes de quienes piensan que algo así es relevante para lo que sea y, sin embargo, amparada en semejante andamiaje, fortalece la ambición de una ciudad que quiere moverse, dejarse ver y salir de paseo de cara a Europa. Y mientras persista el Capitalismo o aunque dé éste coletazos, también los ahogados por las deudas, los desamparados de ideas, los de siempre, quienes vivimos y aún no inventamos otro sistema tienen-tenemos la obligación de beneficiarse con pedacitos, restos o sobras.

Muy pronto, este lunes, empieza el silencio de los últimos días de agosto. La ciudad de siempre reaparece y se prepara para lo que anuncian los analistas como el golpe de gracia de la crisis. Ah, y que nadie olvide la gripe A.

viernes, 14 de agosto de 2009

Estampas lucenses, 3 y última

Día 14, final

Desde los cinco años, cuando mi madre me trajo por primera vez al encuentro con los abuelos, fui teniendo certeza de que aquí contaba con un lugar, un espacio de naturaleza y buenas gentes adonde podía llegar cuando quisiera, sin que nadie me hiciera sentir extraña.

Hoy he acudido a la reunión de la tarde en el patio de una de las primas de mi padre. Es un patio amplio, al que me gusta venir para apreciar el entresijo de maderas que sostienen el techo desde hace unos sesenta años, y en el que doce sillas estaban colocadas para que, esta vez, doce mujeres de distintas edades nos pusiéramos al día en lo que había pasado esa misma jornada en la aldea, en los pueblos vecinos o en el Universo.

Una de ellas, funcionaria en la ciudad de Vigo, me comenta que mi acento ha cambiado. Reconozco que es cierto; he ido perdiendo mi acento caribeño cuando estoy frente a castizos toda vez que pienso que esa decisión me beneficia en la empresa donde presto mis servicios y en la vida cotidiana. Le comento que era muy difícil obtener información telefónica cuando llamaba para preguntar por un precio de alquiler. Curiosamente, para mí, un piso se había alquilado; cuando mi compañera de trabajo solidaria llamaba sí que obtenía el precio y las características de la vivienda.

A continuación, ese encuentro del final de la tarde fue transformándose en un teatro cuya principal novedad era el lanzamiento de cuchillos en contra de la latinidad americana… Y allí, casi de sorpresa, comencé a dejar de ser española para recibir esas sacudidas de aire que intenté esquivar lo mejor que pude. Flojos, abusadores, engreídos, cómodos… En fin, que nos olvidemos del tópico: ni salseros ni simpáticos. Aquí, en esta tarde “hemos” pasado a ser unos malvados usurpadores que llegamos para amenazar el trabajo de los españoles de toda la vida, los que tanto han querido dedicarse a esos empleos tan exquisitos y apetecibles: picadores de piedra en plena calle, cajeros en supermercados, vigilantes nocturnos, recolectores de fruta a pleno sol. Lo reconozco, trabajos magníficos que ¡ahora sí! corresponderían únicamente a la abnegada labor de toda la vida del español promedio contemporáneo.

Una de las doce en el patíbulo, almeriense, me decía que yo gano muy poco. ¡Ah! ─pensé─, un rapto solidario, pero a continuación espetó: “Claro, como aceptáis cualquier cosa acostumbráis a los empleadores a contratar con bajos sueldos y luego nosotros lo pagamos…”.

─Además, ¿os dais cuenta de todo el dinero que sale de España por los extranjeros? Imagínate ─continuaba la funcionaria─, hasta un español que reside en Venezuela viene a cobrar aquí la pensión de viudedad. ¡Qué desangre! ¿Y por qué vosotros tenéis 14 meses de paro y mi hija no?

Créanme, sí que me defendí. Aunque el argumento de las leyes molestó mucho (solo dije que había una legislación que se cumplía),luego el de cambiar de opciones políticas para defender intereses más nacionalistas sí que resultó más convincente (solo dije que cambiaran de Presidente). Pero mientras enarbolaba mis banderas no dejaba de pensar en las palabras: “nosotros”, “venís aquí”, “aceptáis”… ¿Dónde quedó la niña que era nieta de Ramón y Lela, con mejillas rojas que todos ellos apretaban, y que se sentía muy bien en su casa de piedra y madera? ¿Dónde están los siete años de cotización que tengo en este país?, ¿y los impuestos que pago por cada acto de la vida cotidiana? ¿Y la nacionalidad que obtuve por Ley y derecho por ser hija, nieta, bisnieta y tataranieta y tatatara… de español?

Entonces recordé el resentimiento que en mi país de origen existe hacia los extranjeros. Pensé que solo ocurría en sociedades en crisis, poca autoestima o con envidia del vecino. Y claro, tuve que acordarme del cliché de los 500 años de conquista y muerte. Pero pronto espanté esos pensamientos porque no deseo intimar con la verborrea chavista que se alimenta del resentimiento para cubrir sus deficiencias.

Lo que sí no olvidé es que cuando estudiaba bachillerato tenía unas diez compañeras hijas de inmigrantes españoles que fueron marchándose con sus familias hasta que solo quedamos dos. Y lo tengo en la mente porque me puse a sacar unas simples cuentas. Si unos 200.000 españoles retornaron a España únicamente desde Venezuela, ¿cuánto dinero también emigró de unos bancos a otros? ¿Cómo se explican los bonitos chalets que pronto empezaron a cubrir los pueblos y aldeas ya abandonados? ¿Y la Sanidad y las infraestructuras? Sí, me puse a hacer cuentas.

Salí de aquel patio con la ingrata sensación de sentirme extranjera en mi propia casa, en lo que creía era mi otro pueblo. Durante el breve camino miré a mano derecha y vi un cruceiro. Observé que quien lo mandó a construir allí vivió en Venezuela más de treinta años y se hizo rico, muy rico. Con la escultura agradeció a Dios o a la vida sus logros. Caí en cuenta de que la obra se hizo con "dinero venezolano". Y me tranquilicé. Porque los dos mundos están más perfectamente imbricados que nunca, con esos silenciosos nudos de la verdad de la Historia y de las gentes, la gente, la HUMANIDAD, muy por encima de la crisis y de las minúsculas individualidades.

De todos modos, nadie me advirtió jamás que ser emigrante retornada, es decir, mezcladita, batida, iba a resultar una tarea que me llevara tantas explicaciones y sacudidas. ¡Y qué bien!

1-08-09.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Estampas lucenses, 2

Día 10:

Por la única emisora que logro sintonizar, Radio Nacional de España, escucho que en Venezuela comenzará a discutirse el proyecto de Ley que impedirá a los medios de comunicación transmitir información “desestabilizadora”. Para apoyar la noticia, escuchamos a la fiscal General, quien dice algo que, por su extensión, no puedo transcribir, así que no usaré comillas. Es que pienso que probablemente me he equivocado. Comenta que el proyecto es debatible y habrá que direccionarlo hacia un sentido acorde con el deseo de una patria libre, etc., etc.

A mí, la denominada “ley mordaza” (por cierto, "El País" ya emplea ese término) no me sorprende, puesto que forma parte de lo predecible de un Gobierno de tales características, que, de todos modos, no surtirá demasiado efecto en una opinión pública que se informa muy poco y a la que solo le interesa su realidad más inmediata (que conste, hablo de la masa marginada, y que nadie olvide es la mayoría de los venezolanos). Lo que me continúa apretando media neurona que debe tener alguna relación con lo que denominamos corazón, es que la Fiscal del Ministerio Público diga vacuidades, estupideces, no emplee bien el español y ya no solo no tenga pudor para insultar el entendimiento de los de adentro, sino que además exporte muchas de las cantinfladas que resultan graciosas cuando las oímos del cómico de turno, pero no de los señores, respetables, altos funcionarios del Estado.

Estoy en Lugo, en mi casita de Gallegos, lamiendo cada día de estas vacaciones, y me he puesto de mal humor. Recuerdo que lo que para unos son apenas detalles de forma, a mí me lastiman, y contribuyeron, en gran medida, a mi salida casi en eyección del valle de Caracas.

28-07-09

Día 8:

Hemos ido a la pequeña ermita románica de Fión. De nuevo, la niebla crea el paisaje propicio. Afuera, en un desnivel del valle, el cementerio, en el que las tumbas apenas se dibujan y un ciprés deja que su vértice se muestre entre el pirulí nebuloso, grisáceo, que degusto presurosa con el flash de la cámara.

Entramos poco antes de la misa. Enseguida, los susurros siseantes, esos que se aprietan en la garganta, que crees nadie escucha ni siquiera en un espacio tan reducido y con buena resonancia: “Ella es la hija de…, vive en Valencia. Sí, está casada”. Con la siguiente: “Esta es la de la familia de…, le morreu o home hace un año. Ah, pues, no, ya no lleva luto…”.

Los comentarios se aquietan en cuanto sale el sacerdote, mayor y enjuto de carnes; pero se reanudan en algún momento, lo que genera las miradas del celebrante. Voces que se apagan, esta vez hasta el final.

Un detalle más en esta misa. Después de la homilía, el sacristán, un hombre de cuarenta y tantos y mirada de cancerbero, le dice al sacerdote que recuerde lo que le había dicho antes.

─Qué cosa ─admitió haber olvidado─.
─Lo del Santo.
─Claro ─sonríe un tanto sonrojado el padre─. Pero falta tiempo… Bueno, miro la agenda, hombre, espera…

La mirada del sacristán no se desvía del libro de los días. Allí estamos todos moviendo nuestros rostros de izquierda a derecha, muy pendientes de estos nuevos murmullos.

─¿Te parece el día 10?
─Sí, sí.
─¿Por la mañana o por la tarde?
─Pues, por la mañana, Don Jaime, que vendrá más gente…
─Bueno, bueno. Perdonen, es que Lorenzo quiere que la misa de su santo se celebre el mismo día. Sigamos entonces...

¡Qué cara más alegre se le queda a Lorenzo!

26-07-09.

lunes, 27 de julio de 2009

Estampas lucenses, 1


Día 7

Desde hace años, cada vez que regreso a la tierra de mis abuelos paternos me muevo por los caminos, os camiños o corredeiras, carreteras secundarias de pedruscos por las que antaño circulaban los moradores y sus animales. Eran entonces caminos desbrozados que hoy exigen llevar la vara para espantar las malezas.

Después de 7 kilómetros bajo la niebla matinal, un zorrito cruzando la carretera y el ganado paciendo, henchido de leche, pensé que este tipo de belleza debería permanecer así, sin descripciones, siempre cortas, imposibles.

Los hijos de los hijos de estos mayores que se quedaron en las aldeas llegan este verano y preguntan por las rutas de senderismo. Debo estar mayor, porque a mí estos caminos no me sirven para practicar novedades deportivas, denominaciones turísticas que celebro como iniciativa para los urbanitas. Estos caminos me dicen, me mecen y se adhieren a la piel. A veces, se dejan ver. No puedo practicar senderismo de baja o mediana dificultad en ellos.

Son caminos para perderse y no volver... como antes.

25-07-09.


Día 6

Deseo revisar el correo y actualizar cierto blog ¡y no encuentro cybers en el pueblo! Bajo la lluvia de Monforte de Lemos comienzo el recorrido aderezado por las direcciones que me han dado los policías, la de la tienda de telefonía, la vendedora de los electrodomésticos, los chicos que no deberían fallar videojuegos, pero nada. Allí cerraron, acá también, en esta, la única, hoy bajaron la santamaría, aunque cuelga el pan de la puerta... Empapada, fría y asombrada le pregunto al funcionario de la Oficina de Turismo cómo puede ser que en un pueblo de unos 20.000 habitantes, con castillo, colegio de Los Escolapios monumental, patos en el río y estupenda vinoteca (bonita de verdad) no pueda encontrar un ordenador... Es que la gente joven ya lo tiene en casa y los negocios se han ido viniendo abajo... ¿Y los turistas? Ah... vaya, me dice avergonzado, como si fuera culpa suya.

Con el paso de los días me he ido enterando de que hay un par de negocios por ahí y que en la biblioteca del Ayuntamiento funcionan dos ordenadores, pero es como si se tratara de un asunto menor. Y puede que aquí realmente lo sea.

Es curioso, he venido a Escairón, un pueblo mucho más pequeño, para escribir estas notas, y ya no sé ni lo que digo ni lo dicho... Se ha ido la luz un par de veces y uno de los ordenadores se averió.

Sí, en serio, no importa. El cartel que tengo enfrente dice que hay una feria con carrera de burros incluida.¡Me voy a verla!

24-07-09.


Día 4

Ha llovido con persistencia durante dos días; los caracoles, salamandras y babosas salen de las tumbas y miran gozosos al cielo.

Pero, extrañamente, ya no me resigno al encierro. Así que, en el automóvil, bajo la lluvia, empezamos a recorrer un pedazo de este universo.

Mi padre dice que aquel castaño tiene unos 400 años y me pregunto qué ha cambiado en estos paisajes, de nuevo arropados por los matorrales, helechos y zarzas. Una igrexa románica del XII ya no lucha con la humedad, mientras que el señor feudal mira a sus labriegos aprovisionando la propiedad.

La cola del lobo se mece entre el pasto y una familia de jabalíes en medio de la carretera no ha percibido el motor que va a 30 o menos.

“El señor manda a hacer sus suecos con el zapatero de A Barxa”. El bosquecillo que rodea el caserón restaurado es espeso y ya no guarda los pasos del amo dirigiéndose a la carballeira.

Pasamos Saviñao, entramos en Pantón. Dos kilómetros atrás, en Mosiños, dejamos un sembradío de paneles solares y entonces sí que me doy cuenta del cambio del siglo, pero es solo un pestañeo, porque la lluvia enreda este paisaje y va enmarcándolo en un cerco de intemporalidad.

En estas tierras, sacudida débilmente por el viento y el sonar de los carballos siempre he mantenido una dura pelea con los pensamientos que, por lo general, espanto. Aquí golpean y zahieren entre el silencio de la noche, con más fuerza, si cabe.


22-07-09.

miércoles, 15 de julio de 2009

Rotulista de vehículos (parte I de Señores, busco empleo)

Estoy inscrita en cinco páginas de búsqueda de empleo. Reviso mi currículo profesional, sin ceder a la tentación de resaltarlo con no sé qué florituras. Entiendo que el servicio es gratuito y que las empresas se interesarán en la experiencia reflejada en ese historial, no en el dinero que he gastado para que lo miren antes que el de los demás interesados.

Solo me llamaron dos veces, la primera hace más de un año. Fue toda una sorpresa, porque aun cuando en aquella época creía que las páginas de búsqueda de empleo eran un recordatorio particular de que debía intentarlo, sin esperar nada a cambio, en esa ocasión la perspectiva parecía interesante. Sí, editora, pero claro, en un pueblo situado a más de una hora en tren y con la particularidad de que la revista era sobre restauración centrada en el ámbito italiano. Ni hablaba italiano ni podía cambiarme al pueblo, requisitos no señalados en la oferta. Eso sí, dejé muy claro que ¡me encanta la pizza!

Desde entonces, otra llamada de una ETT (empresa de trabajo temporal) para optar por el puesto de dependienta en una librería. Fui a la ETT, y la chica, perdida y alejada, apenas si se interesó por indagar sobre mi experiencia. Así que cuando me despedía, solo atiné a preguntarle si estaba segura de que ella estaba allí. Por supuesto, nunca hubo una nueva comunicación.

Pero desde hace un par de meses, un nuevo tropel de ofertas llega al correo. Mis perfiles “cultura, educación, edición, librerías” y el otro, el que no me gusta ver, pero me alimenta, “secretariado, administrativo”, han recibido invitaciones especiales, tanto, que revisé con afán crítico lo que una vez incluí en ellos, por si estuviera equivocada, por si una tecla maldita hubiera cambiado el muestreo de mis capacidades: fresador (http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=fresador); dependienta de moda infantil (ofrecen 7.800 brutos al mes, error que nos hace soñar de lo lindo, aunque no posea la menor vocación para atender a un niño y menos aún a los padres del mimadito); conserge-controlador (al verificar los requisitos, observo que reiteran la “g”, lo que jenera en mí cierta violencia interior); teleoperadora de rumano (en otras, de chino o ruso, un aprendizaje que tengo pendiente con la vida, con la otra vida); entrenador de “aquafitness” (sea lo que sea, dejo muy claro que si tiene que ver con agua, no sé nadar) y hoy, por fin, lo esperado: rotulista de vehículos.

Por supuesto, más que animada, reviso la oferta en cuestión. Y lo que pretendía convertirse en una broma ha resultado más interesante que algunos de los puestos administrativos ofrecidos, porque ¿quién paga 1.100 euros por colocar vinilo en los cristales de automóviles en turnos rotativos de seis horas?

Creo que debo inscribirme; tendré que vérmelas con tipos muy duros y luchar hasta el infinito y más allá para alcanzar mi meta, pero seamos claros. Si emplear mi cerebro para ejecutar órdenes sencillas, realizar varias gestiones y cumplir con papeleo se remunera con menos de 1.000 euros tras ocho horas de trabajo diario, a lo mejor la concentración de pegar el vinilo durante seis horas sin experiencia previa en nada resulte más rentable en tiempo, dinero y por qué no, conocimiento de la especie humana.

viernes, 10 de julio de 2009

Violencia, igualdad, violencia

Leía en el único diario gratuito que recibimos en las oficinas donde trabajo, 20 minutos, que una mujer apuñaló a su marido ¡con el cuchillo de la comida!, lo que le ocasionó unas heridas de cierta consideración. Después de compartir la noticia, se generó en el despacho un comentario sobre cuán harta estaría esa mujer para llegar a hacer lo que hizo.

Claro, imaginémonos que la situación es inversa. Él la acuchilla. Desde luego, cambiaría el titular a “Marido apuñala a su mujer en un nuevo caso de violencia de género”. Y es que este tipo de acciones solo se aplica a un género y sobre un género.

El primer párrafo de la Exposición de motivos de Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género expresa textualmente:

La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión.

Provengo de un país en el que la violencia se manifiesta en todas las direcciones. El machismo es un hecho alimentado por la sociedad, y los casos de crímenes, que siguen llamándose “pasionales” en la prensa más encendida, normalmente no se entienden como hechos discriminatorios de la igualdad, sino como situaciones corrientes que atañen a las relaciones entre parejas.

La cruda realidad es que hay mujeres y hombres agredidos, que la violencia se produce, incluso, en la viscosa atmósfera de un hogar de recriminaciones y gritos.

De la indiferencia con la que en países como los de nuestros orígenes se aprecian estos temas por los medios y por el común de las gentes, que casi los entiende como “normales”, a la específica normativa que asume como únicos obsesos a los machos de la especie, habrá algo más que matices que requieren estudios, análisis y perfeccionamiento.

Sí es llamativo el hecho de que en 2008 las mujeres inmigrantes asesinadas en manos de sus parejas o exparejas en territorio español fue de 31, mientras que es de españolas fue de 39, lo que evidencia una desproporción si atendemos a las variables demográficas. También es cierto que solo si se aísla el problema se torna más visible, por lo que afianzar una normativa que conduzca a disminuir la criminalidad “pasional” o de violencia de género ya es un camino correcto.

Pero no perdamos de vista que tal relatividad es una vía para alcanzar un fin: menos agresiones a mujeres. No obstante, el origen de la problemática no se combate con leyes que castigan a los agresores. La sociedad se ve constantemente invitada a defender e individualizar las pasiones para revertirlas en su contra. El término “pasional”, que tan ligeramente describe esos delitos acerca mejor al concepto de humanos no civilizados. No estamos frente a meros arrebatos de cólera que genera un tipo de entendimiento de la sexualidad. Se trata del padecimiento, del sufrimiento, de la enfermedad del alma, acepciones que nos legaron los griegos y romanos. Esas enfermedades-pasiones se vuelcan en la fragmentación de valores sociales. Y, lamentablemente, la respetable legislación y los medios no alcanzan este núcleo, ni reflexionan sobre el.

Estos hechos que siguen escociendo al humano que no termina de doblegar su animalidad afectan a hombres y mujeres. La legislación no contempla castigos a las mujeres que forman a los hombres como machistas, y la reeducación del sistema se cierne directamente sobre el agresor-hombre-bestia, que es, también, víctima de sus pasiones mal digeridas.

domingo, 5 de julio de 2009

Vienen a mis recuerdos recientes

Hace unos días un hotel cercano a mi lugar de trabajo se encontraba rodeado de policías, quienes además pasaban espejos debajo de los vehículos e impedían el acceso regular hacia algunos de los edificios de la zona.

En el autobús una extrovertida mujer nos preguntaba a todos quién podría estar el hotel y después de conocer que se trataba de la Reina, se dejaba oír, como si la escena anterior le hubiera servido para ilustrar el discurso, harto escuchado y terriblemente gastado: ¿dónde está la policía cuando se le necesita?

Pero lo que parecía una queja casposa dejó paso al siguiente capítulo: la mujer nos enseñaba su cuello, en el que una gruesa hendidura no cicatrizada nos permitía colegir que le habían arrancado una prenda. –Sí, la cadenita que mi marido me regaló por los treinta años de matrimonio, que no es poco –según ella misma reflejaba, con un humor no exento de enojo, ignoro si por tantos años de contubernio o por el suceso en sí.

A mí me recorrió un ligero escalofrío. Siempre trato de no olvidarme de parte de los motivos que culminaron en el hartazgo de la sociedad insegura en la que fui viviendo. En los ochenta los robos y hurtos eran el hecho diario que cualquier conocido relataba como propio. Pero estos delitos dejaron paso a los homicidios, al crimen cruel, al ensañamiento, a la falta de escrúpulos. Se trataba de una violencia sostenida sobre necesidades de uso insatisfechas: ¿no me das tus zapatos Nike que usa Kevin, el de la banda de “Los comecoco”? Ay panita, te ……Y, en efecto, ¡bang! Adiós precoz por unos espantosos mamotretos que costaban el sueldo del mes de una familia marginada. Y así por el reloj, el celular, lo que se veía y lo que no.

Y aún ¡la gente se arriesgaba portando las tentaciones! Me dice una amiga que ahora la moda es lucir las BlackBerries. ¡Un pedazo de pedazos objeto de intercambio por la vida misma!

En fin, que quise decirle a la mujer del autobús que de esa manera empezamos nosotros, que no se descuiden, pues no se trata únicamente de una crisis económica, sino de valores, y eso sí vamos compartiéndolo, en particular con estos jóvenes que no prometen sino daño.

Pero no le dije nada. Pensé que si el ladrón parecía de otras tierras mi acento atraería ingratos comentarios de los que preferí resguardarme.

Intento con más desgracia que suerte convencer a mis conocidos de que la criminalidad en España está íntimamente relacionada con más variables que la mera presencia de inmigrantes. De seguir este camino, probablemente lo descubran por sí mismos. Lo lamentaré, y, si puedo, volveré a guarecerme.

¡Al ladrón!, ¡al ladrón!