lunes, 15 de junio de 2009

El primer día

Esa única mañana en el piso en el que por primera vez se duerme deja una grata sensación que va desapareciendo de la memoria. Por unos minutos, es posible que el alto coste del alquiler o las condiciones del espacio que al principio nos hicieron dudar sobre ocuparlo o no queden de lado, pues se entra en una fase de optimismo en el que las expresiones “lo lograremos”, “cada día es una lucha”, “el sol sale para todos” son clichés resabiados que se repiten con cierta ilusión.

La sensación descrita sigue desvaneciéndose con resistencia de mi parte con el transcurso de los días. La humedad, propia de la región, se cuela por cada uno de los poros de las paredes, pero, como dice la vecina, lo que es malo para el pulmón es buenísimo para el reuma. Cuando llueve, un par de gotas asoman y discurren ligeras desde la terraza hasta la cocina, con el consiguiente tobo tercermundista que resuelve el problema; desplegar las cortinas deshilachadas obliga a patentar manualidades; el sofá de asientos carcomidos nos enseña a equilibrar el cuerpo para “una mejor caída”; el aserrín que va desprendiéndose del mueble de formica alimenta nuevas vidas minúsculas…

También es posible obviar por momentos las insólitas condiciones de alquiler a las que se ven obligados a convenir los inquilinos con los propietarios. Puede afirmarse con ingenua seguridad que si no se produjeran tantos agravios a la propiedad, si quince o cuarenta no transformaran un piso de dos habitaciones en hotel rancio, si se cumplieran los plazos de pago de manera constante, o la palabra “deuda” en los casos del agua o de la electricidad brillara por su ausencia, insisto, puede asegurarse que los propietarios y las inmobiliarias que les asesoran harían prevalecer la Ley y el justiprecio sobre cualquier medida que deben tomar a la fuerza. ¿Ese es el argumento? Muy bien, confiemos en que tal sería el patrón a seguir.

Y podemos también sacudirnos de ese recuerdo amargo-engaño descarado de aquel par de inmobiliarias que ofrecen pisazos a 500 euros, exigen visitar sus oficinas, pagar una comisión de servicios para gestionar las visitas y descubrir con tristeza mal fingida que el chollo se alquiló, ¿todos?: “Oh sí, qué pena, pero quedan los pisos de 800 euros”.

No importa ahora, viva olvidar, viva el carpe diem, hay un hogarcito de promesas y realidades que deben coexistir hasta el siguiente logro de metas. Esa es la ventaja de ser un mileurista: conducirse poco a poco, como los padres, como los abuelitos.

Espera, espera un momento… ¿cuánto tiempo demoraré hasta llegar al siguiente paso, esto es, la hipoteca?



jueves, 11 de junio de 2009

Algunos desahogos virtuales. ¿Por qué la mayoría de los destinatarios se abstienen de opinar?

A dos años de nuestra nueva vida (carta del 28-04-09)
(Reflexión y carta en la que se responde a un nuevo correo en el que prevalece la visión de los extranjeros como problemática)
Hoy, a dos años de nuestra llegada a España, vemos cómo va creciendo el tufillo xenófobo en cierto sector de la población. En los programas de radio, por medio de correos como el que nos acompaña (esta tercera vez, enviado por un familiar), que se expanden con gran éxito en la red, etc., se aprecia como ante la imposibilidad de resolver la grave problemática económica, la inmigración carga con el lastre de la culpa, responsabilidad avalada por las administraciones, que nos han permitido una presencia activa en los servicios sociales y en todos los órdenes de la vida.

En el transcurso de los trámites para obtener la nacionalización de S., una funcionaria del Registro Civil nos hacía una única pregunta: "¿Estáis adaptados totalmente a la forma de vida valenciana?". Ante la generalización que la interrogante planteaba, no se nos ocurrió sino agregar que aprendimos a hacer una buena paella y que durante Fallas paseamos por la ciudad, aunque nos fue difícil no taparnos los oídos. No muy contenta con lo que debió considerar una "gran" ironía espetó que agradeciéramos el que no nos exigieran pruebas severas como en Dinamarca. Yo le comentaba que esa mentalidad era la que propiciaba la inmigración que no quieren los españoles: poco adaptada, aislada en guetos y protegida en la conservación de costumbres y rituales que aquí pueden repeler a muchos -entre los que yo también me encuentro-.

¡Tienen que ser exigentes como en Dinamarca!

Porque, al fin y al cabo, no es un problema de culturas, sino de educación.

En fin, que no repetiré lo que pienso sobre el asunto, pero sí que no estaría de más que antes de solicitar “adepciones” regionales, nos pregunten alguna cosilla sobre la historia de este país-PAÍS, nuestro maravilloso idioma, el ESPAÑOL, su tradición y geografía, porque solo así terminaremos entendiendo los entrevistadores y los entrevistados que lo que ha formado a la actual España es la amalgama de culturas, ni más ni menos. Y eso es una perogrullada, pero parece olvidarse. Y quizá, de esa forma, los que de origen no pretendan adaptarse, retrocedan en el intento de cubrir sus necesidades en un medio que les exige un esfuerzo que jamás pretenderían adoptar.

Salud, ¡y felicidades por estos dos años en los que, al menos yo, he aprendido a valorar cada logro, a ser agradecida, menos ñoña y a vivir un día a la vez!

Un abrazo,

Ada.
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Hammarby (carta del 24-04-09)
¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué siempre Suiza, Suecia, Dinamarca, Canadá, etc.?

¿Qué tal si entre todos "nos compramos" un buen pedazo de tierra y empezamos a vivir con humanidad?

No todo es perfecto, porque los individualismos siempre aparecen, pero es posible llegar a resultados, con planificación y tiempo.

En Latinoamérica tenemos tanta agua, y la electricidad, el gas y la gasolina son tan baratos
-en relación con Europa- que creemos en la eternidad, pero no es así. Es solo cuestión de tiempo antes de empezar a tropezar con realidades, en particular, cuando sufrimos tan malas gestiones administrativas.

Quizá, podamos comenzar con detalles en nuestra casa y compartir con los conocidos, los propios niños de la familia, etc. Y perdonen, pero es que ayer, cuando vi a una pareja muy joven, en edad escolar (además, no parecían inmigrantes) que tenía a medio metro la cesta de basura y que lanza sendas latas al suelo, sin inmutarse, me pareció que estamos muy perdidos y camino directo a la destrucción.

http://www.sweden.se/sp/Inicio/Estilo-de-vida/Lectura/Hammarby-Sjostad--vida-ecologica-en-el-centro-de-Estocolmo/

Bueno, ya,

Ada.

P.D.: en el artículo han escrito "víveres" con v-b, mal, pitido; en fin, insisto, todo va degradándose.
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Carta enviada al conductor del programa “De Costa a Costa”, Félix Madero, leída en el programa en fecha 16 de febrero de 2009

Estimado Sr. Madero:

Soy hispano venezolana; es decir, padre español, madre venezolana y hoy en día, emigrante retornada. Llegué a España en 2007 y estoy viviendo esta "crisis" en toda su dimensión. No obstante, los "vejámenes" económicos se me hacen mucho más soportables que la presencia diaria de un Jefe de Estado que entiende el ejercicio de la Presidencia como el dominio de su hacienda personal. No entraré en detalles sobre lo que considero puede investigarse con facilidad en los medios de comunicación, pero sí le diré que comparto -como venezolana y como española, pero sobre todo como persona- su opinión sobre la equivocación de los venezolanos al reelegir a Hugo Chávez como su destino gubernamental.

Sin embargo, se error es atribuible a varios factores: 1) los años previos a Chávez que se agotaron en alternancia de partidos políticos muy preocupados por mantener ese poder; 2) el resentimiento generado en un pueblo, mal educado, porque ningún Gobierno se ha preocupado por darle prioridad a la formación cívica y académica, rabia alentada por el actual régimen y muy bien aprovechada al momento de alcanzar votos como los de ayer.

El pueblo que vota a Chávez tiene una esperanza ciega en lo que considera su última posibilidad. Esa esperanza no tiene asidero en la lógica, sino en la rabia. Y sí, es cierto que hay mentes educadas que apoyan este "proceso": se trata de los llorones de la revolución cubana (con minúsculas), de la Rusia poderosa, de aquel Manifiesto que se cree puede alcanzar mejores puntales en Sudamérica. Pero esta es una minoría, Sr. Madero, porque al cabo, esos 6.000.000 de votos (si no se manipularon cifras) no saben de ideologías o conceptos; se sustentaron en la ignorancia de un pueblo enfermo de miseria, de violencia (más de 10.000 homicidios al año) y de dádivas amparadas en la renta petrolera. No se espere otra cosa. No hay más.

Así que apoyo su comentario; en ocasiones, ser categórico no nos hace inflexibles, sino consecuentes con nuestros ideales.

En realidad, no he huido de Chávez, sino de la venezolanidad que pretende levitar con su líder.

Gracias,

Ada Iglesias Marquina.
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Una chica con sueños maduros (carta del 17-04-09)
Antes de que vean el video quiero comentarles algo. Este programa británico es el equivalente al de American Idol en USA u Operación Triunfo en España, o tantos otros alrededor del Mundo. Irrelevantes, la mayoría, de mero entretenimiento o absurdos, pero tienen éxito y los hemos visto para consumir más horas de ocio sin trascendencias.

Quise ver el video después de leer la información en un periódico. El jurado tuvo que disculparse por ser irónico y reírse de los 47 años que confiesa tener (y que no ha disimulado con tintes, cejas finas ni capas de pintura), así como de su sueño: ser cantante profesional. El público también se ríe. Estamos en Reino Unido, un país elogiado por ser de amplio espectro mental, pero a ella le aplican el doble prejuicio de ser gorda o no verse atractiva para los estándares de nuestra sociedad y tener sueños a una edad en la que muchos terminan su carrera en el mundo de las artes escénicas. Me sorprende que abran su boca ante su bella voz, es como si una mujer de esa edad que además ha confesado que nunca tuvo novio, nunca le besaron y que espera que alguien lo haga, aunque sea en una mejilla, digo, me sorprende que esperen de ella que no tenga cualidades.

¿Es más bella la rubia del jurado? La mayoría dirá que sí, pero yo creo que lo que hace bella a la rubia del jurado es la disculpa que le da a la señora Susan, no su cabello teñido, ni las capas de maquillaje, ni la imagen aceptada y valorada a la que nuestra sociedad se ciñe. Ahora, harán de Susan Boyle un mito, etc., etc., venderá discos, conseguirá novio, y todo lo visto y no visto, pero a mí, en este punto, sigue causándome dolor lo mismo: una mujer no puede ser solo persona, y la femineidad está asociada a su apariencia. Sentencia y juicio...

Las crisálidas... han sido gusanos y luego, volarán. Aunque tal vez algunos gusanos prefieran volar sin alas llamativas. Para nadie es tarde.

Un abrazo,

Ada.

http://www.youtube.com/watch?v=luRmM1J1sfg
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Mensaje ante un aparente nuevo año (carta del 29-12-08)
(…) Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es más grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes. Si nos diéramos cuenta, si tomáramos conciencia del hecho de que no hacemos sino mirarnos a nosotros mismos en el otro, que estamos solos en el desierto, enloqueceríamos. (…)

Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente.

Muriel Barbery. La elegancia del erizo, Seix Barral, p. 159.

He pensado en algunas de las situaciones que más me incomodan en mis relaciones con los conocidos y con los desconocidos. Normalmente, nos saltamos mucho eso de "ponernos en el lugar de los otros" o delicadezas que creemos innecesarias. No siempre la practicidad debe avasallar y eso de que "vida no hay más que una" solo es válido si llenamos esa vida de grosuras, pero también de detalles. Una vida bien pesadita, compacta, pues. ¡Ojalá!

Estos pensamientos han coincidido con la lectura de un libro encantador que cito arriba. Una conserje o portera y una niña superdotada se encuentran en su mundo desvalido para recuperar la delicadeza, la belleza. Ha sido una reflexión grata en estos tiempos que vivo y que también viven.

Me he propuesto recordar ser un poco más considerada con los que pueda y detenerme a escuchar y a atender.

Por ello, decidí que es necesario comenzar desde las aparentes minucias: recuperar formalidades que me estorbaban es un camino, un método de inicio. En fin, creo que me he propuesto envejecer, pero con esperanza. Así que, mientras hojeaba una revista con descuidada benevolencia, reparé en las viejas normas de cortesía, esas de toda la vida, que ustedes y yo conocemos, ahora complementadas con palabras como "netiqueta". Y eso, solo por recordarlas y porque algunas nuevas aprendí hoy, es lo que compartiré este año como mensaje de "Año Nuevo", para que a su vez, si les parece, las hagamos extensivas a hijos, padres, amigos… ¿Se imaginan? ¡Un Mundo en que todos, absolutamente todos digamos "buenos días" si corresponde, no nos hagamos notar con el sonido de nuestro móvil/celular en un concierto, el chasquido del chicle en el autobús, un espacio cordial en el que "nuestros" niños sepan escuchar o abstraerse sin interrumpir con gritos una conversación de adultos! Y mejor: ¡un mundo de netiqueta en el que al menos nos esforcemos por enviar mensajes sin errores ortográficos! Solo por consideración, solo por el mero detalle de respetar a alguien o algo, aunque sea la Gramática del bellísimo idioma español, un elemento más que integra, ¡jamás excluye!

De todos modos, les confieso que denominar como "nuevas" las pautas de convivencia civilizada, algunas de toda la vida, es triste. Pero podemos sonreír cuando leamos un par de ellas algo tontas. Cada cual que determine lo que empleará o no. Es solo un recordatorio de pequeñeces que contribuyen a llamarnos "personas". Y, al fin al cabo, es un artículo de revista sin demasiadas pretensiones. No pidamos peras al olmo.

Quizá desde lo diminuto sea posible abordar el monstruo…

Felices fiestas, amigos, y buenos propósitos para siempre. ¡Aprecio tanto que compartamos esta vida!

Ada.

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La supuesta comunicación de una emigrante (carta del 2-11-08)
(Respuesta al texto enviado por un compañero de trabajo en el que un supuesto emigrante relata sus “vivencias” en la realidad española que tanto parece disfrutar.)

Lamentablemente, España está viviendo un brote xenófobo que, como en otros períodos históricos y otros contextos, suele producirse para "dejar de lado" problemas de fondo. Esta carta me la envió un compañero de trabajo y la titula como "cojonuda". En otras palabras, le sugiere admiración que alguien se haya encargado de denunciar lo que muchos piensan, a pesar de tratarse de un texto que deja a la totalidad de los emigrantes como un colectivo de aprovechadores inescrupulosos.

En el segundo correo le he respondido. Lamento si se hieren susceptibilidades.

Saludos,

Ada.


Sobre la "Carta de una emigrante" escrita por un español

Tengo una respuesta doble sobre esa carta. La primera, ¿quién ha permitido que la legislación española deje tantos huecos? Eso, en favor del español dolido que escribió la carta. Segunda, ¿y el dinero que ha salido de Latinoamérica, arruinándola, de parte de todos los inmigrantes que prefiriron invertir en bancos españoles en lugar de los bancos nativos?

Latinoamérica ha tenido muy malos gobernantes, cierto, pero también ha padecido muy malos emigrantes. Lo sé, los he observado desde dentro, como hija de emigrante que no quiso marcharse, como sí hicieron el 70% de sus conocidos, y como hija de nativa.

Suscribo buena parte de lo que dice la carta, pero no hace falta aplicar ironía en un tema tan obvio. Lo que trasluce es rabia y una xenofobia que habla muy mal de la apariencia de diversidad. Todos los emigrantes que han -hemos- salido de nuestras tierras, empezando por todos los españoles que se marcharon y que ayudaron a levantar sus pequeños pueblos y las finanzas de los que se quedaron, todos, emigraron en búsqueda de mejores oportunidades. En el camino, muchos de ellos hicieron lo que quisieron en los países a los que llegaron. Trabajaron hasta la última gota, pero también se amoldaron a la corrupción de esos países. En Sudamérica levantaron algunos negocios muy gordos a cambio de importantes comisiones a los funcionarios nativos. Supongo que no ocurrió lo mismo en Suiza, por obvias razones, pero también se marcharon buscando un mejor camino. Vuelvo a Sudamérica por un momento, ¿la corrupción no los convierte en delincuentes? Sí, pero es más obvio delinquir robando, y lo otro, bueno, lo otro, es políticamente correcto.

Esta generación de españoles se ha olvidado de su o de sus guerras. Se ha olvidado del hambre, de las escasas infraestructuras, de la miseria extrema. Cuando el contingente de europeos llegó a América se encontró con un territorio resplandeciente. Un ejemplo: a principios de los 50, en Venezuela se habían construido las mejores autopistas, puentes fabulosos, todo en medio de montañas verdes, riachuelos y ríos limpios, gente que esperaba mano de obra. No había chabolas; solo un país virgen para explorar y explotar. ¡Vaya si se explotó! Todos se aprovecharon de esas tierras. Ya sabemos lo ocurrido. Era un territorio de paso, a nadie le importaba demasiado su destino. Ese territorio prometedor se transformó en un vertedero de desesperanza. Al emigrante no le importaba demasiado; ya he comentado antes que -salvo honrosas expcepciones- era mejor amoldarse a las circunstancias. Y esas circunstancias no eran sino los gobernantes y funcionarios de turno. La consecuencia de tanta desolación es Chávez, aunque algunos hayan pretendido verlo justamente como un redentor. ¡Qué vergüenza! Por cierto, muchos emigrantes votaron por él.

Es evidente que España ve de lejos la posibilidad de vivir peores momentos. Pero confío en que aplicaremos la educación, un mínimo de educación dentro de tanta indiferencia y rabia para ponernos en lugar del senegalés que prefiere perder la vida en el mar antes de perderla tragando arena y moscas, o asesinado por un conflicto entre etnias. Sé que, pese a esta carta de un supuesto emigrante, alguien entenderá que la ecuatoriana que va en el autobús y se pierde en sus pensamientos está mejor aquí que en el barrio de chabolas en el que no existe la menor posibilidad para sus hijos y padres, salvo trabajar desde niños hasta la edad más avanzada que la salud permita. Allí, la vida vale un par de zapatillas deportivas. Cuando digo allí, hablo de la mayoría de los barrios pobres de Sudamérica. Salir después de la 6 de la tarde en un barrio marginado caraqueño es un riesgo que salda más de cien vidas cada fin de semana. Les cuento, solo por homicidio las cifras registran en 2007 unos 13.000 fallecidos ¡solo en Venezuela!

¿Algún español de hoy en día o de los de antes soportaría esto? No, saldría corriendo como han comenzado a hacerlo todos aquellos que tienen deseo por alcanzar una mejor vida, aunque los trabajos sean los peores que se puedan obtener. No importa, esos empleos son valorados y apreciados. Poder vivir en un piso decente, con salubridad y comer tres comidas es el mayor lujo que un emigrante de clase baja, pobre, paupérrima, puede anhelar. Y si una legislación condescendiente para lo peor y para lo mejor se lo permite, se aprovechará hasta el límite.

Para todos debe haber límites, pero más aún, deben vislumbrarse oportunidades.

Espero que todas las personas que han recibido la carta de rabia que escribió un español y que suscribe -también paródicamente- un nombre "latino", también puedan leer esta carta de una emigrante que ha vivido entre las dos culturas, que pasa por española solo hasta que abre la boca y perciben su acento. Pero soy española por un trío de motivos: crecí mirando a España, cierto; la Ley me consagra un derecho "de sangre", pero además, soy un ser que mentalmente hoy prefiere asimilarse a lo que se espera de este país que a la falta de oxígeno que he dejado. Es decir, soy una persona que conscientemente prefiere escoger esta oportunidad es este preciso momento de su vida.

Sólo es un problema de educación mutua, legislación local -no permisiva, sí justa para ambas partes- y humanidad, humanidad y humanidad...

Ada.

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La moda en La India (carta del 3-08-08)
(Comentario sobre archivo en el que se observa el trabajo-esclavitud de trabajadores indios en fábricas hacinadas para producir calzado de moda.)

Me parece útil recordar que tras el "fashion" que pretende embelesarnos hay submundos de los que apenas vemos aristas. Sí podemos cambiar cosas, aunque me replicarán que tal vez surgirán otras más desalentadoras, lo sé, pero a lo mejor vale la pena detenerse en la marca de algunos productos que compramos y sus sistemas de elaboración. Nada nos cuesta investigar ahora con Internet por delante.

Me gustaría comentarles un tema que se relaciona en algo con lo que les digo. Ayer veía un programa sobre la "alta costura" y las señoras que la consumen, círculo tan cerrado, que apenas es posible conocer a algunas de sus usuarias, más por alguna indiscreción producto de un nuevo-riquismo que no va acompañado de educación (según el resto), que por la publicidad que se genera alrededor.

Algunas de las entrevistadas comentaban que tras vestirse de alta costura jamás volverán a usar un traje normal. Un vestido de esa especie cuesta alrededor de 100.000 dólares. Pero, en realidad, nos les ponen precio. Las clientas dan una cantidad, y la casa que elabora el traje percibe el abono.

Los famosos diseñadores, en algunos casos, solo son nombre y cara. Muchos de ellos no diseñan ni cosen, en particular esos vestidos de alta costura.

Estas señoras hablaban con absoluto desprecio de la ropa en serie, de las cadenas de ropa, etc. Casi todas ellas eran mujeres cincuentonas, unas maquilladísimas, otras, ligeramente más discretas, si por discreción puede entenderse llevar encima un abrigo de piel genuina (con lo que sabemos sobre las cadenas de animales en extinción, etc.)

Pero lo curioso es que nosotros-nosotras contribuimos a mantener esa madeja de ilusiones ruines. Compramos las revistas, creemos que las actrices son admirables por llevar un vestido de ese tipo (por cierto, las actrices no forman parte de ese círculo cerrado; ellas solo son escudos de algunas casas de moda, pero, en su mayoría, no son muy bien vistas en ese círculo); copiamos modelos, soñamos en invertir dinero en moda, moda, moda... Y solo somos el eslabón final de un aparataje que vive de esas ilusiones.

Que nadie intente engañarnos: la moda no es cultura; es una subcultura a la que le damos relevancia en un mundo que sigue extinguiéndose cada vez más rápidamente. Y somos nosotras-nosotros quines debemos despreciar a quienes pretenden erigir ese "subalgo" en vida.

Analicemos un poco más estos temas. Somos fuertes porque somos más y tenemos cerebros y estamos hechos con la misma piel que el cerrado círculo que basa su realce en la segunda piel con la que se cubre.

Ay, ¡pero qué bien huelen las áreas de perfumería de los grandes almacenes!

Saludos,
Ada.



lunes, 20 de abril de 2009

Razones para un . de partida (crónica del futuro emigrante)

Banalidades

Un planisferio adorna la pared de la habitación. En los días buenos, parece un enorme cartel de bienvenida; en los difíciles, advertencias minadas que desaniman los intentos de espiar la historia de la gente que nos acompaña en el transitar de la vida contemporánea.

El dilema de emigrar sacude la tierna percepción de que la comodidad espacial puede constituir por sí misma un buen motivo que justifica la permanencia, casi levitante, en un lugar, ese que llaman terruño, nido, “tu-mi país”. Para otros es el inicio de una retahíla de preguntas con variedad de respuestas, que van desde la preocupación social y el compromiso con los ancestros y los descendientes hasta el mero interés turístico y sociológico, adornado con panfletos y no pocos estereotipos.

Intento, cada día, desde hace años, hallar mil razones para no partir. Tengo muy cercanos los que me zahieren, pinchando neuronas, fibras emotivas, construyendo laberintos y trampas mortales para demorar lo que no debe sufrir atrasos cuando de vivir se trata.

Porque vivir en Venezuela se ha transformado en un ejercicio de adaptación, a medio camino entre la supervivencia –realidad de muchos– y la indeferencia ante lo inexcusable. (Es curioso, pero esa es también la realidad de muchos.)

El país de todos y de nadie se materializa día a día con sus aguajes y calores y pasamos entre la gente como si de un juego cromático y gustativo se tratase. La catira de los globos por pechos, el muchacho sucio que vuela mangos verdes frente al Celarg, el fiscal aburrido de su marrón y su gris tratando de decirle a un Hummer que respete sus bracitos flacos, la camiseta roja del que retira hierbajos en la Cota Mil, los sabores asiáticos que favorecen tanto el saber culinario de los funcionarios que quieren conquistar a la catira de los globos por pechos, las trescientas escaleras estrelladas frente al azul nublado que debe subir y bajar Diana, acompañada de sus hijos, cada mañana, cada noche; el perro caliente de tres tiras que te matará de hambre o de un infarto…

La anterior, es, sin duda, una enumeración banal. Y lo es porque depende de una mirada, la del carro, la del cuento, la de la lectura rápida de un artículo. Está al lado y bajo el trasfondo la otra lista: la que enmarca historias demolidas por muchas salpicaduras de rencor…

El Cabo de La Vela y los jirones oxidados

Comer en La Vela fue una lucha titánica con las moscas del restaurante en el que un ventilador mal intentaba mover aire crudo.

Visitar La Vela significaba recordar a Miranda, mi único interés patriótico, y sumergirme en la introspección para rememorar, paisajes mediante, la llegada, la caída, las idas y venidas con botas y charreteras de toda esa gente acalorada, pero presa de yo no sé qué frenesí por impulsar una nación, los unos; y arrojada por yo sí sé qué intereses, los otros.

Entonces, nos trasladamos al Cabo, cámara en mano, como si pudiéramos atrapar ese azul hiriente en una imagen. Justo detrás de la basura, después de los militares escuálidos –en el sentido real del término–, unos metros más allá de los primeros metros del mar, estaba el barco.

El pedazo de buque se ha convertido en el verdadero objetivo turístico. Ese retazo de óxido que nadie se ha tomado la molestia de remolcar, como si no importara que el soldado, el calor, la estela contaminante de basuras térreas y marinas se fundieran con las moscas sartrianas, quienes se llevarán, espero, todo ese cuadro al infinito y más allá.


La salsa picante de Santa Fe

La posada parecía muy agradable, allí, en las cercanías de las costas sucrenses, en Santa Fe. Como siempre, lindo paisaje, nada que objetar, pese a que uno no debería empezar a acostumbrarse a arrimar mentalmente escombros y cables. En la noche, la brisa y el mar, arrullo…que se torna estruendo cuando comenzamos a oír vallenatos, merengues y joropos al máximo volumen posible.

No sirven reclamos ni súplicas; no importa el tono. Estás solo contra los que mandan, en una playa que se transformó en película de horror hasta las tres de la madrugada.

Pero siempre está la mañana y el descanso de la arena y el agua cálida, invadidos, eso sí, por los vendedores que estafan ostras, por los collares que te ahorcan y las cajas de cervezas confundidas con las iguanas y las palmeras.

Hora de la comida. Una hora para ser atendidos. Sí, mucho turista, mucho dólar: prioridad. Finalmente un dorado a la plancha reconforta el abandono. Por favor, ¿podría traerme la salsa picante?

Nunca olvidaré el sonido que emanó del encuentro apasionado entre la tabla de la mesa y el cristal que contenía la preciosa gema roja. Tampoco la expresión de rabia que el pedido ocasionó y otra vez, voces alteradas en contra de quienes generan sustento.

El cansancio, las miradas furtivas, las críticas a los acentos, qué se creen estos…

¿Y no tendrá por allí un par de servilletas?


Turista en Plaza Bolívar

Ver vida en Santa Rosalía; los primeros diez años en La Pastora; los siguientes 23 en San José. La caraqueñidad daba derecho, de vez en cuando, a recorrer algunas de las plazas del centro de la ciudad, a entrar en las iglesias, mirar con cierta indiferencia los iconos, las paredes marchitándose o la rehabilitación de un trozo de techo; luego, con la excusa del descanso, un banco o una pierna ligeramente levantada sobre un barandal permitían contemplar lo de siempre: mayores que conversan, palomas manchándolo todo (nada de bucolismos, por favor), las estatuas de costumbre y lo que se supone normal en tales parajes.

Hoy, la ruta de un día sin oficio cualquiera, luego de años de ausencia, comienza en la librería Estudios, donde reviso sin comprar algunos de los libros que no leeré, y continúa por la cuadra de la iglesia de Las Mercedes –no se mira a la derecha: Seguro Social y Casa de Bello se tocan en sus magnitudes institucionales sin decirse nada–.

El templo siempre me pareció una dama gruesa, solitaria, cargada de ecos y solo colmada por algunos indigentes que caminan o se sientan, o miran y se detienen, tan mudos como ella… Me voy.

Entre la duda de seguir en línea recta o virar a la derecha, recuerdo que Altagracia fue la pila bautismal y el faldellín de la fotos, así que fantaseando un reencuentro con las emociones de la espiritualidad, se atraviesa un hueco que los carros esquivan con violencia, luego la plaza nueva del Banco Central, se cuentan las escaleras y la tristeza oscura aparece escueta, no muy dura, con más indigentes y bendiciones que no he pedido porque saben a intercambio que ya no acepta simples moneditas.

De nuevo me marcho con premura; atisbo la Santa Capilla ya no inmaculada y me pesa reconocer más abandono, más pared maltrecha y seres vivos que aún llamamos hombres arrastrándose por una limosna, en declive, bajo las imágenes que también suplican. Me senté en uno de los bancos y una mujer mostró su espacio dental porque estaba muy enojada, por lo que deduje de sus palabras y giros alcoholizados.

Salida intempestiva que me llevó a la cara del Ché y a los retratos –no hablados– del líder, rabia, bisutería, carteras, violencia contenida, payasitos, se compra ororororororo, indiferencia y miradas rápidas…

Y llego a la Plaza, donde espero encontrarme con muchas ardillas y alguna pereza, supervivientes de las lacrimógenas aquellas. Conté dos ardillas flacas, pero no están las perezas. Atisbo a algún señor de sombrero y me topo con quien pretende venderme una Constitución que no quiero releer. “No gracias”. Respuesta: “Escuálida”. Ya no me acordaba del calificativo; creí que ya había caído en desuso. Pero no.

Entonces, miré al hombre, luego a la mujer que a él se aproximó, defendida por su gorra revolucionaria y me vino a la memoria una canción que tampoco pensé haber aprehendido en los retazos neurológicos: “…de la pura capital, del eje de mi tierra, del Distrito Federal...”. Me reí de mi brote nacionalista, germinal casi, y, sin embargo, sentí que algo dolía en mis dolores menos superficiales. Entendí que enfrentarlos era, si no inútil, por aquello de la conciencia y la ética, sí bastante fatuo y descortés conmigo misma, con mis lecturas, con mi historia mental, con cada una de las cortezas que dicen se van formando en el cerebro, porque los puentes de cualquier diálogo posible entre la pareja y yo no estaban entre los planes de construcción de quienes tienen el poder de la fuerza.

La visita a la Catedral quedaría para ese momento en el que se me olvidara todo. Atravesé, mirando y sin mirar el nudo de seres que viven del comercio informal, salté sobre dos criaturas que hacían sus tareas escolares bajo una tabla y me enfurecí hasta las lágrimas por permitir que las palabras dañaran.


¿Volver?

Harta de mis propias quejas emprendo la huída en pos de nuevas angustias –quejas renovadas– que seguramente hallaré en cualquier rincón del tiempo que es este Mundo.

El mundo es ancho y ajeno, libro que no he leído, acompaña el planisferio escolar que cuelga de la pared y con el que mantengo una relación timorata, pues ni un simple clavo de colores le ha herido jamás. Pero es que el título que repito siempre, cada vez que cesan las disquisiciones con la conciencia viajera-familiar-patriota, me dice que deguste, palpe y mire cada esquina que quiera saborear, ver y tocar, porque el mundo jamás será mío, pero siempre resultará inabarcable en su espléndida redondez.

Me voy para volver, una y mil veces, a mis dolores, primeros sueños, visiones y delirios: quién sabe si desde el regreso el hastío ceda el paso a la tolerancia, pero sobre todo a la paciencia.

Si a Venezuela le quedan cien o seiscientos años de afrenta, habrá razones para vivir el trance. En algunos lugares los seiscientos un años están dando paso a cierta armonía; en otros, los noventa y nueve esperan su mejor Historia.

Caracas, 26 de agosto de 2006.

Las historias ya escritas

Las historias ya escritas no dan más de sí. Veo una veintena de relatos –la mayoría, suspiros– que reviso con el afán de pulir o entresacar otra historia y me doy cuenta de que no, no es posible y hasta resulta aburrido hacerlo.

Leí hace unos días un artículo del escritor Juan Manuel de Prada en el que hablaba de lo ocurrido a Coleridge, cuando después de soñar con una estructura poética precisa, fue interrumpido por un amigo, y, al intentar volver a su poema, se encontró con que ya no recordaba sino abstracciones, ideas de la idea. Así fue como decidió dejarlo hasta el punto al cual llegó, sin más.

En mi caso, el amigo-enemigo es el tiempo. Repaso estas historias una década después. Sé lo que quería expresar en ese momento, aunque hoy no me interesa demasiado mi propio punto de vista. La pregunta tonta es la de siempre: ¿interesa que le interesen al lector?

Luis Yslas hacía un recordatorio en la página Web de“Relecturas” (http://www.relectura.org/) sobre el único libro de cuentos que publiqué por esos años. Hoy, como en aquel momento, entiendo por qué saqué a la luz tales desesperanzas. Tenía que curarme con rapidez de enfermedades de alma que se resisten a psicologías y ciencias. Hoy sé, como en aquel momento, que solo hay dos historias rescatables, aceptables para un lector más experimentado. Y le decía a Luis que me había olvidado de ese libro y de las malas críticas que recibí de un par de amigos suyos, que no lo son míos. Porque solo un amigo puede entender que los enfermos del alma tienen algunas vías de escape.

El pequeño demonio fue quemado con aquella publicación y a partir de allí el tiempo fue mi aliado, pero diez años después se transforma en verdugo cuando releo y entiendo que existen publicaciones y literatura. Que no siempre coincidirán y está bien así. Que se queden así, por favor.

20 de abril de 2009.

domingo, 18 de enero de 2009

Cercanías

Desde el pueblo hasta Valencia los 35 minutos de tren me sirven para apreciar cómo cambian los arrozales, leer algo de prensa, identificar pasajeros, diferenciar tipologías y preguntarme por qué los japoneses dicen que los occidentales somos casi idénticos.

Esta mañana, durante el trayecto, un anciano me ha hablado en valenciano, y quise, infructuosamente, entenderle. Hablaba animoso, sonrió, tosió un poco, reanudó su charla y, tras un breve silencio de su parte, logré decirle que no hablaba su idioma. Se lo dije en correcto español, lo prometo. Entonces, él resumió toda su charla en un “bon giorno” y, como le contesté de nuevo en mi correcto español, espetó “bonjour”. Sonreí, al igual que otros pasajeros y, lamentablemente, allí terminó nuestra charla. A veces, en los caminos, si no nos ensimismamos, se añora el contacto de la palabra, riqueza extraña en este individualismo europeo, que, sobretodo en provincias, no está exento de gestos solidarios y de buena educación.

Me gustan los trayectos cortos en tren. En mi país de origen no hay trenes de pasajeros, así que el deleite alcanza cumbres de entusiasmo. Estos recorridos soportan todas las miradas posibles. A veces desearía tener ojos como los de algunos muñecos de dibujos animados, de esos que se extienden fuera de sus órbitas como si funcionaran con resortes, para fijarme mejor en el libro que desde hace varios días engulle la atención de una señora joven; en otras ocasiones, necesitaría un oído biónico para entender a la otra señora que habla consigo o con quienes ve o la escuchan en el aire. Desearía escucharla para conocer si se queja, si conversa, si ora o les pide que la dejen en paz, por favor. Deseo escucharla para tocar un poco, solo un poco, la humanidad que le une a mí.

En la estación me he encontrado con individuos a quienes no necesito saludar. Desde que un día le dejé un pedazo de queso al gato negro que rehuyen y patean algunas señoritas que atribuyen las suertes a un miau hambriento, un señor con mayor disciplina que la mía le da algo más que queso bajo el banco que el animalito usa para guarecer su orfandad. A veces quisiera hablarle –al señor–, pero parece llevarse mejor con los felinos que con los humanos que sobreentendemos un saludo matinal.

Están algunos de los chicos que vienen de África subsahariana, toman su tren con la bicicleta y se bajan en el pueblo donde aún quedan edificios por construir. A ellos me gustaría preguntarles cómo llegaron, qué sienten aquí, si esta nueva supervivencia merece la pena, o si la nostalgia les golpea como una gran cola de pez, humedeciéndoles la mirada con sal marina.

Todas mis preguntas se responden en la imaginación. El recorrido trasuda historias que me pertenecen y dejo correr. Al llegar a la estación central sé –es inevitable– que comienzo la rutina del día, pero el retorno me aguarda para seguir con el tejido de esas vidas que son también la mía.

Quizá un día de estos sí decida enfrentarme con esos “buenos días”. En perfecto español, sin duda, pero con todo el ánimo de comunicarme con los merodeadores, como yo, de un tren de cercanías.

Julio de 2007.

Cánones

Aún no puedo concebir que Internet no sea gratuito, al menos en un mayor número de espacios públicos de las ciudades, ni qué decir de los pueblos. Internet, bien empleado, representa un derecho informativo, cultural, instrumento para la educación, la limpieza de esta despensa cerebral que puede organizarse con rapidez mediante búsquedas acertadas.

La clasificación es clara: están los que viven en un chat, los de las páginas sexuales, quienes buscan y se enteran o conocen y se unen, los que leen, los que bajan todo aquello que representa un hecho cultural, llámese cine o música. También coexisten los que hacen todo esto y más. Pero lo escandaloso para los mercados no es que la banda de pederastas emplee la red para llevar a cabo sus alarmantes delitos (de eso se ocupa la policía); lo que alerta a la economía y a los Gobiernos es que un ciudadano de clase media, fiel contribuyente a las empresas que comercian con su único lujo, descargue eventualmente lo que en un cine podría disfrutar por el módico precio de seis euros, al menos, en el día del espectador: lujo que los mileuristas de turno podrían esgrimir si la alimentación y el alquiler no se interpusieran.

El caso de muchos profesionales es el siguiente: Internet es necesario. Unos imparten o reciben clases; otros acuden a la investigación como herramienta temporal más que eficaz para este fin. Si en el camino una buena película aparece, difícilmente hay quien se rebele. Pero están los escrupulosos, los cumplidores de la Ley a rajatabla, los que mitifican el bien público por encima de 120 minutos de distracción egoísta. Ellos, o nosotros, quienes sean o seamos, tenemos que pagar un impuesto adicional, en un país en el que la base impositiva aparece en las nóminas y en cada transacción diaria.

Los cumplidores de la Ley deben pagar el canon digital, como castigo a quienes osan desacatarla. Parece una contradicción insalvable, pero quizá existan soluciones.

Del mismo modo como nos devuelven 400 euros, o según ciertas transacciones podrían eximirnos de más impuestos, propongo dirigirnos a la agencia tributaria respectiva con nuestros CD’s, DVD`s y todo el material digital que buena y lícitamente hemos adquirido, acompañados, claro está, de las facturas correspondientes. Con un poco de suerte, nos devolverán ese 20% de castigo ajeno que ya pagamos de antemano. Pero para ello habría que reformar la norma, y terminaría por desviarse el espíritu de la Ley: terminar de enriquecer a las empresas que entiendo tienen derecho a sus ganancias ─como los compradores─, a un precio justo y apto para que los hechos culturales no continúen su ascendente camino hacia la intangibilidad.

No puedo comprarme un legítimo CD más por quién sabe cuánto tiempo. Quizá decida mirar los manteros con la esperanza de encontrar un vídeo que conserve su audio original y subtítulos. Y me dirigiré con mayor frecuencia a la biblioteca. La cultura es mi derecho y los mileuristas ya encontraremos la forma de validar esa igualdad.

Julio de 2008.

Alucinación

Domingo 11 de enero, 10:00 pm. Espero la película de la noche: una de esas mal llamadas comedias, que tampoco hacen reír, de las que ha dicho el estudio reciente de alguna de esas universidades norteamericanas, que causa falsas expectativas en la creencia amorosa de la gente. No importa, hay que levantarse temprano y es mejor ir a la cama con un pedazo de naderías en la cabeza.

Los comerciales ya actúan como somnífero. Cuento la decena, ahora el undécimo... Me detengo. Se comienza a apreciar algo parecido a una ensalada de gallina, de las típicas navideñas; ahora unas manos con las uñas pintadas sostienen una bandeja con lo que sé es un "pan de jamón". Surge un pernil de cochino finamente rebanado. Enseguida, la sorpresa y el restregamiento de ojos. En un plato, la hayaca; otros latinos podrían haberlo identificado como un tamal, pero sabíamos que era una hayaca, máxime si estaba acompañada por lo que antes vimos. Luego venía el anuncio propiamente dicho: ENO, para aliviar sus malestares estomacales.

No había alternativa: estábamos ante un comercial venezolano en la televisión española, primera cadena, horario de máxima audiencia de los domingos. Claro, las voces de los comensales "habían sido debidamente traducidas" a los acentos peninsulares y hablaban en términos muy generales de las especialidades gastronómicas.

La imagen, por cierto, no era del todo nítida. Pensé que alucinaba, pero no, la imagen parecía como la de una película pirata grabada en el cine. Lo siento, pero he visto unas cuantas.

Me quedé un buen rato pensando en ello. Me conmocionó tanto como cuando vi a Fran Spano, mi antiguo profesor de "Teatro contemporáneo", contando un chiste ante un enorme micrófono, chiste que no pude oír solo por la impresión de verle. Era un programa de esos que recopilan momentos "cómicos" de la TV. Y solo estuvo diez segundos, pero también sé que lo vi.

Pues bien, nos quedamos dormidos ante la tele. No pude saber si repitieron o no el comercial. Y he vivido una semana de desasosiego, pensando en si mis sueños me hicieron vivir una extraña experiencia nostálgica, como me dijo mi jefe cuando le relaté el hecho. A él le resulta imposible que el primer mundo importe publicidad barata.

Sin embargo, esta semana se enderezó el entuerto. En otro canal, el mismo comercial, algo menos difuminado y muy corto de segundos. Por supuesto, la concesión al emigrante fue un despiste de algún operario, de una agencia publicitaria o de no sé de quién. Ahora solo aparecía la carne rebanada y el ENO final.

Ahora sé que lo vi. No he sentido nostalgia por la comida navideña después de dos semanas. Allí estuvo la hayaca y algunos la captamos, fijamos, guardamos. Es un hito-hipo histórico y el precedente de lo que vendrá. Porque habrá más comerciales sudamericanos, eslavos, taiwaneses. No se beneficiará nadie de los que conocemos, siempre serán los mismos; sin embargo, qué alivio me ha producido por tercera o cuarta vez en esta vida el golpe de la globalización, ahora, envuelto en una hoja platanera.

Enero de 2009.